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Han transcurrido casi ocho años desde aquel 18 de mayo del 2004 cuando tuvo lugar en el Centro de Convenciones de Cartagena el acto protocolario con el cual comenzaron las negociaciones que deberían conducir a un tratado de libre comercio entre Estados Unidos, de un lado, y Ecuador, Perú y Colombia, de otro.
Mucha agua ha pasado bajo los puentes a partir de ese momento, incluyendo la negativa de Quito a seguir en el proceso y el afán de Lima de acabar más rápido, lo cual consiguió.
Mientras eso tenía lugar, los ires y venires entre Washington y Bogotá se sucedieron.
Así, a un primer texto central concluido en el 2006, fue necesario sumarle un anexo, con el fin de responder a los cuestionamientos hechos en el Congreso norteamericano.
Tales agregados, sin embargo, resultaron insuficientes para sacar el acuerdo del limbo en el que permaneció cinco años, hasta que la administración de Barack Obama decidió impulsar su ratificación, tras lograr compromisos adicionales.
No obstante, habría que esperar seis meses más durante los cuales se ataron algunos cabos sueltos, para que al término de la pasada Cumbre de las Américas se anunciara la fecha de entrada en vigor del TLC. Como es bien sabido, ese día es mañana, cuando al cabo de tanto tiempo empieza una etapa basada, no en expectativas, sino en realidades.
¿Qué tan diferente va a ser el país a partir de ese momento? No mucho, en una primera fase.
Más allá de las predicciones extremas que oscilan entre un futuro apocalíptico para la producción nacional y una etapa de prosperidad sin antecedentes, los cambios van a ser mucho menos perceptibles de lo que se anuncia.
Es cierto que los precios de algunos productos importados pueden bajar, mientras que los pedidos de ciertos bienes de exportación pueden subir, pero la transformación será relativamente lenta y se sentirá poco en la realidad del colombiano promedio.
Y es que tal como lo muestra la experiencia de otros países, es necesario dejar que pase el tiempo para que surjan los desafíos y se aprovechen las oportunidades.
En los sectores más expuestos al riesgo de la competencia externa, como los cultivadores de arroz o los productores avícolas, se negociaron plazos de desgravación de 19 y 18 años, respectivamente. Al mismo tiempo, la apertura de nuevos mercados o el desarrollo de proyectos de inversión tomará años.
Lo anterior no quiere decir, en absoluto, que el país se deba cruzar de brazos ante el TLC. Tal como se ha repetido hasta la saciedad, existen en Colombia cuellos de botella en materia de logística, infraestructura y procedimientos que deben ser superados.
Por otra parte, los empresarios nacionales deben pensar de manera creciente en las posibilidades que les da tener acceso preferencial a la economía más poderosa del planeta.
Si algún balance se puede sacar de los primeros nueve meses de entrada en vigencia del pacto con Canadá -aparte del desplome del 32 por ciento en las exportaciones al cierre del primer trimestre- es que son pocas las puertas que se han tocado.
En el caso de Estados Unidos, además, el abultado saldo a favor de la balanza comercial parece eliminar el sentido de urgencia. Pero una mirada a lo que el país le vende a su principal socio revela que tan solo el 17 por ciento de lo facturado corresponde a ramos diferentes a hidrocarburos y minerales.
Ante todo lo que falta por hacer, se escucharán las voces de quienes digan que entrar al Coloso del Norte es muy difícil.
No solo la competencia es enorme, sino que los requisitos son elevados. Adicionalmente, se encuentra el tema de la apreciación del peso, que ha golpeado la rentabilidad del sector exportador.
Pero aun así, hay que aceptar que otros lo han logrado. Mexicanos, peruanos y chilenos, sin ir más lejos, muestran un balance positivo. Ahora, Colombia tiene la posibilidad real de hacer lo mismo.
Ricardo Ávila Pinto
ricavi@portafolio.co
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