Lorenzo Dávila

El problema del euro

Al tratar de reducir deuda disminuyo PIB, lo que me obliga a reducir más deuda hasta llevar a las economías a una larga recesión.

Lorenzo Dávila
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Lorenzo Dávila
noviembre 15 de 2011
2011-11-15 04:20 a.m.
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Fue Romano Prodi, siendo presidente de la Comisión de la Unión Europea, en diciembre del 2001, quien alertó de que tarde o temprano una crisis nos llevaría al momento en el que seguir con el euro obligaría a introducir nuevos instrumentos de política económica. Pues ese día ha llegado.

El diseño de una moneda para la que el entonces recién creado Banco Central Europeo establecía unos tipos de interés altos para economías como la alemana y bajos para las del sur de Europa, creaba el terreno abonado para que el ahorro superara a la inversión en el primer caso y la inversión al ahorro en el segundo, lo que establecía el canal del flujo de ahorro (en forma de crédito) en la dirección norte-sur.

Este flujo monetario produce un diferencial de inflación positivo del sur frente al norte, lo que claramente provoca una mayor competitividad relativa del norte que no se ve corregida vía tipo de cambio al compartir ambos la misma moneda, generando un superávit en la balanza por cuenta corriente de los países ahorradores y una sobreestimulación en los países del sur que provoca sobrevaloración de activos y sobreendeudamiento.

Por otro lado, el propio Gobierno alemán aceleró el proceso de superávit aplicando políticas de moderación salarial para conseguir incrementar su competitividad diferencial.
Sin el instrumento que hubiera permitido invertir la ecuación transfiriendo flujos del sur al norte de forma ordenada, nos encontramos con el colapso del proceso brusco que se produce con el corte del canal del crédito ante la inseguridad de no cobrarlo. En este sentido sería necesario que apareciera un superávit exterior de estos frente a Alemania.

Sin embargo, son varias las razones que nos pueden hacer pensar que esta situación inversa no se alcanzará o lo hará tarde y lentamente. La primera es la necesidad de crear un diferencial de inversión invertido, es decir, que Alemania entre en tasas de inflación elevadas sin que la política monetaria del BCE lo impida.

No obstante, el mandato del BCE y la aversión visceral de Alemania a la inflación convierten esta posibilidad en un imposible, agravado además porque esa pérdida de competitividad relativa incrementaría el desempleo, salvo que hubiera una política de incentivos de la demanda interna. Pero a su vez esto conllevaría a un cambio de la estructura productiva del país en la medida en que esta se basa en el desarrollo del sector exterior, lo que implicaría fricciones en el mercado laboral que difícilmente aceptarían.

El problema se agrava cuando los países del norte (en especial Alemania) quieren mantener su industria desde la demanda del sur alimentada por los créditos del norte y, además, cobrar estos últimos. Esto sólo podría prolongarse en el tiempo (aunque terminaría por ser insostenible), por medio de tasas de crecimiento elevadas como para mantener lo más estable posible el ratio deuda/ PIB, y no tratando de reducir el numerador mediante unas políticas de ajuste que están conduciendo a los países del sur a la espiral de una versión ‘pública’ de la paradoja de costes: al tratar de reducir deuda disminuyo PIB, lo que me obliga a bajar más deuda hasta llevar a las economías a una larga recesión.
LORENZO DÁVILA

JEFE DE INVESTIGACIÓN DEL IEB DE MADRID
lorenzodavila@davila-eafi.com

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