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Dos hechos que resumen a su manera el estado de las relaciones entre Colombia y Venezuela tuvieron lugar ayer.
El primero ocurrió en la mañana, durante el acto de rendición de cuentas del Gobierno, cuando Juan Manuel Santos informó que las negociaciones conducentes a la firma de un acuerdo de comercio bilateral con Caracas habían sido concluidas.
El segundo sucedió en las horas de la tarde, al llegar a la base militar de Catam el avión que transportaba al tenebroso jefe paramilitar Héctor Germán Buitrago, más conocido como ‘Martín Llanos’, detenido hace unos días en el país vecino.
Ambos episodios confirman que el viento ha cambiado de dirección entre naciones que comparten no solo una historia común, sino una larga línea fronteriza.
En lugar de la hostilidad de hace unos años, el diálogo es la constante, sin desconocer que el abismo político e ideológico que separa a la Casa de Nariño y al Palacio de Miraflores es inmenso.
Para los defensores del nuevo esquema, tanto en lo que hace a un intercambio más elevado de bienes y servicios, como a una mayor cooperación en lo referente a la lucha contra el narcotráfico y la guerrilla, hay avances constatables.
Sin embargo, a pesar de que las peligrosas tensiones del pasado reciente han desaparecido, no faltan las voces que insisten en que no hay que dejarse llevar por el entusiasmo. Por ejemplo, es cierto que las exportaciones al mercado venezolano en el 2011 abandonaron la senda decreciente que tenían. Según las cifras acumuladas hasta noviembre pasado, las ventas habían crecido en 20,6 por ciento, hasta llegar a 1.553 millones de dólares. Incluso en ese mes el salto fue del 70 por ciento, lo que alimenta las esperanzas de volver paulatinamente a épocas doradas como la del 2008, cuando la facturación ascendió a cerca de 6.000 millones de dólares.
Pero una mirada más detallada deja en claro que hay circunstancias particulares que explican el crecimiento.
Así, el gas natural representa ahora el 22 por ciento de lo despachado a Venezuela, que tiene una escasez temporal. Otros capítulos avanzan, como es el caso de químicos, plásticos, azúcares, aceites y aparatos eléctricos, pero lo hacen a un ritmo más lento.
Además, sigue habiendo caídas notorias en textiles y confecciones, aparte de otras áreas.
La razón de que eso sea así, tiene que ver con verdades fundamentales. No hay que olvidar que la economía chavista es cada vez más administrada por el Estado, con lo cual las relaciones comerciales –así exista un acceso preferencial para los productos colombianos– tienen muchas particularidades, pues dependen no de las exigencias del mercado, sino de la voluntad de un puñado de funcionarios. Además, sigue presente la escasez de divisas, con lo cual obtener el giro de los dineros adeudados es un proceso muy dispendioso.
Aparte de lo anterior, hay que tener en cuenta diversos desajustes macroeconómicos, que comprenden una de las tasas de inflación más altas del mundo. Dicha situación, combinada con un tipo de cambio fijo, hace inevitable una devaluación que seguramente será postergada hasta después de las elecciones presidenciales de finales del año, pero que acabará teniendo lugar. Por tales motivos, es claro que el mercado venezolano no tendrá grandes recuperaciones, al menos hasta que no haya un cambio que hoy se ve lejano.
Pasando a otros frentes, tampoco hay que esperar demasiado.
Aceptando que la extradición de narcotraficantes y jefes de los grupos armados es un gesto positivo, siguen existiendo denuncias sobre la salida de grandes cargamentos de cocaína desde territorio venezolano.
Al mismo tiempo, la supuesta presencia del líder de las Farc en la nación vecina también genera inquietud, así tales insinuaciones hayan sido desmentidas por Caracas.
En conclusión, hay que mantener abiertos los canales de comunicación, pero también los ojos. Las cosas indudablemente están mejor que antes, pero no se pueden desconocer realidades. Las mismas que existen en las relaciones que tienen, incluso, los mejores amigos.
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