Louis Kleyn

El Dorado 24 horas

Louis Kleyn
Opinión
POR:
Louis Kleyn
julio 15 de 2015
2015-07-15 03:11 a.m.
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Cuando se construyó el aeropuerto El Dorado, durante los años 50, Engativá y Fontibón eran pequeños pueblos sabaneros, separados del nuevo aeropuerto por potreros completamente deshabitados.

Se puede apreciar así en las fotos de la inauguración. Se hubiese presumido que el gobierno distrital/nacional de entonces y los sucesivos, hubiesen protegido tan significativa inversión limitando el desarrollo urbano circundante. Esto, para la seguridad de los aviones, para futuras expansiones del aeropuerto y para no someter a quienes habiten o trabajen cerca al fuerte ruido que se origina en las turbinas de los aviones, incómodo para una vida normal.

El ruido en El Dorado no es ninguna novedad: éste fue diseñado para la era jet, utilizado por estos aviones desde el principio, y por lo tanto muy ruidoso desde hace 55 años. Hoy en día los pastos desaparecieron por completo y densos barrios de casas de arquitectura vernácula, en lotes de 6x12 m2, llegan casi hasta las pistas del aeropuerto. Durante la vida de El Dorado, la población bogotana ha tenido un inconmensurable crecimiento. Las tierras colindantes al molesto ruido y en su mayoría sin permiso para urbanizar, resultaron una opción atractiva para miles de familias buscando vivienda barata. Con los aviones cruzando por encima de sus cabezas, y el ruido zumbando en sus oídos, tomaron la decisión de convertirse en vecinos.

La congestión de El Dorado, ahora con 27 millones de pasajeros anuales, es un serio limitante para el desarrollo económico de la ciudad y el país. La segunda pista se planeó originalmente en los años 70, aunque su diseño se cambió múltiples veces, entre otras razones, por falta de espacio. Los más difíciles tropiezos de la obra se originaron en el Ministerio de Medio Ambiente. Para expedir la licencia ambiental, el Ministerio decidió que lo “ambiental” era el nivel de ruido y que tenía potestad para limitarlo.

Buscando mitigar el ruido que reciben los vecinos exigió costosas pero inservibles barreras y el revestimiento de las ventanas de miles de precarias viviendas. Una vez terminada la pista, el Ministerio aumento sus exigencias: prohibió el aterrizaje de los jets más ruidosos, la utilización nocturna de la pista y hasta dispuso sobre la forma en que los aviones deben calentar motores, despegar, aterrizar y frenar (todo muy suavecito, sin hacer ruido).

Ahora que el Anla (Autoridad Nacional de Licencias Ambientales) finalmente, después de casi 20 años, está cerca a autorizar la utilización nocturna, interviene la Secretaría Distrital de Medio Ambiente para oponerse. La actitud de la Autoridad, y ahora de la Secretaría, ignoran lo evidente: los vecinos escogieron voluntariamente convivir con el ruido de los aviones y, silenciar un aeropuerto, es un imposible físico.

Claro, este objetivo de minimizar el ruido del aeropuerto, podría parecer cómico o loable, pero definitivamente sorprende que a la Secretaría le preocupe el ruido de los aviones, cuando los verdaderos problemas ambientales de Bogotá son descomunales.

El nauseabundo río Bogotá, que también afecta a Engativá, Funza y Fontibón, antes de contaminar al Magdalena, atravesar medio país y afectar hasta el mar Caribe, no recibe ninguna atención. Busetas setenteras, ahora vestidas azul, hacen de Bogotá una de las ciudades más contaminadas del mundo, multiplicando los casos de bronquitis infantil, cáncer de pulmón y enfermedades cardiovasculares, sin control.

El Dorado tiene gran importancia económica para Bogotá y el país. Sin mar y a más de un día del puerto más cercano, la ciudad no tiene futuro sin un transporte aéreo continuo, puntual y económico. Ya se incurrió en el costo de construir la segunda pista y de construir una nueva terminal; es un absurdo económico darle utilización apenas parcial al aeropuerto.

Louis Kleyn

Consultor empresarial

louiskleyn@hotmail.com

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