Manuel José Cárdenas
columnista

Cincuenta años después

Este esfuerzo no dio los resultados esperados, en parte porque los gobiernos de los Estados sobrepusieron sus intereses nacionales. 

Manuel José Cárdenas
Opinión
POR:
Manuel José Cárdenas
octubre 02 de 2016
2016-10-02 08:36 p.m.
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El pasado 16 de agosto se cumplieron 50 años de la suscripción de la Declaración de Bogotá por los presidentes de Colombia, Chile y Venezuela, y los representantes de los gobiernos de Ecuador y Perú, que dio origen al proceso de integración subregional andino, conocido como Comunidad Andina (CAN).

Este hecho paso inadvertido por todos, incluso por la misma Secretaría de la CAN, a pesar de que con este acto, por iniciativa del presidente de Colombia, Carlos Lleras Restrepo, se quiso dar un impulso fundamental al desarrollo económico y social de los países miembros. Teniendo en cuenta lo limitado de los mercados nacionales, con este proceso se buscaba dilatar el horizonte de sustitución de importaciones, que se venía aplicando desde la postguerra, para permitir mayor desarrollo industrial y más diversificación de las exportaciones. Este esfuerzo de integración no dio los resultados esperados, en parte porque los gobiernos de los Estados sobrepusieron sus intereses nacionales a los subregionales.

Desde ahí, se han venido intentando otros enfoques para el desarrollo del país con resultados limitados. A finales de 1989, bajo la administración Barco, se planteó la necesidad de pasar de una economía cerrada a una abierta con base en un programa de desgravación gradual para adoptar un nuevo modelo económico basado en la internacionalización de la economía. Los supuestos implícitos en el nuevo modelo de desarrollo económico consideraron, en su momento, que una economía abierta generaba la dinámica requerida para motivar cambios importantes en su estructura, y alentaba la utilización más intensiva de sus recursos para alcanzar mayores niveles de productividad.

Asimismo, se consideró que la estructura productiva debía promover nexos económicos con el exterior y acceder a las tendencias tecnológicas internacionales para ampliar su participación en los flujos mundiales de comercio, inversión y tecnología. Así, se pasó de la integración regional a la internacional, y se complementó con los TLC con países desarrollados, que se empezaron a negociar a principios de este siglo.

La política de apertura tampoco dio los resultados deseados, los cuales fueron bastante contradictorios. De una parte, las importaciones se incrementaron a tasas superiores a las esperadas, mientras que el crecimiento de las exportaciones ha sido marginal. Aunque se adelantó una estrategia de política de desarrollo enfocada al uso eficiente de los factores productivos, buscando la creación y el fortalecimiento de ventajas competitivas dinámicas que promovieran el crecimiento económico, los instrumentos y las instituciones que se adoptaron no fueron los adecuados para lograr el impulso que se necesitaba. Lo más grave es que no ha habido continuidad en las políticas, la cuales han sufrido cambios sucesivos y se ha presentado descoordinación entre las entidades encargadas de ejecutarlas.

La realidad es que 50 años después, el país, a diferencia de Corea y otros Estados asiáticos, no ha encontrado el camino a seguir. Los resultados del Índice de Competitividad del FEM 2016 lo demuestran: ocupamos el puesto 61 entre 138 naciones. Apenas se está tomado conciencia de que pasamos de una sociedad industrial a una posindustrial, en donde hay que adoptar políticas de largo plazo, avanzar en la transformación digital y considerar a la globalización como un efecto intrínseco al paradigma de las TIC.

Manuel José Cárdenas
Consultor internacional
emece1960@yahoo.com

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