Marcela Junguito Camacho

Sobre Aquiles y Patroclos

Marcela Junguito Camacho
Opinión
POR:
Marcela Junguito Camacho
abril 26 de 2016
2016-03-09 09:25 p.m.
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Aquiles es un nombre que todos conocemos, o deberíamos conocer. La naturaleza de su relación con Patroclo, su gran amigo, ha sido objeto de disputa en las interpretaciones posteriores de los textos clásicos griegos. Lo que sí se sabe es que en el griego antiguo no había palabras que diferenciaran el amor heterosexual del amor homosexual, lo que en sí mismo es una lección de historia de la cultura. La palabra ‘homosexual’ no entró en el vocabulario de las lenguas modernas sino hasta finales del siglo XIX y es hija de una interesante hibridez: ‘homo’, del griego ‘igual’ y ‘sexual’, del latín. Y ni qué decir de la palabra ‘gay’, mucho más antigua aún y cuyo significado original era ‘alegre y despreocupado’.

La lingüística moderna nos enseñó, entre otras cosas, cómo el lenguaje crea el mundo que nos rodea y no al contrario. El lenguaje es, como creía Heidegger, la casa del ser. Las palabras nos definen, modelan nuestra relación con el otro, al nombrarnos nos dan identidad, historia y trascendencia. Las palabras cuentan lo que somos y en lo que creemos; tanto cuando hablamos de nosotros mismos como cuando hablamos de los demás. Por eso cuando alguien lanza un insulto, un prejuicio o una sentencia sobre otro, inevitablemente revela algo profundo y no tan velado de sí mismo.

Estas breves anotaciones apuntan a una reflexión sobre un hecho que nos pesa hoy como país. Primero, quisiera que recordáramos que la ‘homosexualidad’, como la entendemos hoy, es un concepto relativamente reciente en la historia del ser humano; que no la práctica del amor entre personas del mismo sexo, que es tan antigua como el mundo. Además, el origen semántico de la atracción romántica y sexual entre mujeres puede igualmente rastrearse en la poesía clásica griega. Segundo, que nuestras ideologías y creencias están ancladas a un lenguaje y su contexto; que no son verdades absolutas y jamás lo han sido. Tercero, que así como las palabras crean, también derriban; y que quien tiene en sus manos el lenguaje público tiene un poder que lo hace responsable por lo que con su palabra edifique o destruya. Por último, que el amor de Aquiles hacia Patroclo, comoquiera que lo llamemos, dio origen al poema épico más bello de occidente y a uno de los dos libros que partió en dos la historia de nuestra civilización.

Quienes nos dedicamos a la educación somos los primeros llamados a hablar desde el conocimiento y a no dar lugar a debates desde la ignorancia. Con temas tan polémicos como este, estamos obligados, ética y profesionalmente, a permitir la discusión, pero es nuestra responsabilidad garantizar que lo que se discuta sean ideas y de ninguna manera consentir que se lancen juicios sobre las personas. Nuestros jóvenes merecen una sociedad en la que la diversidad de opinión sea no solo posible, sino deseable; y una vida plena, llena de amor y aceptación, independientemente de sus opciones de vida.

Padres y educadores tenemos en nuestras manos la importante tarea de formar generaciones diferentes a las anteriores: jóvenes con conocimiento, capaces de comprender incluso lo que no están dispuestos a compartir, hombres y mujeres compasivos consigo mismos y con los demás, personas responsables por su palabra, especialmente cuando está en juego el nombre y la dignidad de un ser humano.

Marcela Junguito Camacho
Rectora del Gimnasio Femenino

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