Marco A. Llinás Vargas

¡Enredados en el debate!

La discusión sobre la apreciación del peso se ha llevado muchos de los titulares de los últimos meses.

Marco A. Llinás Vargas
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Marco A. Llinás Vargas
marzo 19 de 2013
2013-03-19 12:59 a.m.
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La discusión sobre la apreciación del peso se ha llevado muchos de los titulares de los últimos meses. En particular, se menciona su grave efecto sobre los sectores manufacturero y agropecuario. Esto ha llevado a que se estén discutiendo alternativas de política para contener la caída del peso frente al dólar y que se planteen políticas específicas para proteger estos ramos. Infortunadamente, en medio del maremágnum de esta discusión, se está perdiendo de vista el que debería ser el tema de fondo: ¿cómo contrarrestar la caída en la diversificación y sofisticación que viene evidenciando el aparato productivo en los últimos años?

La reciente literatura económica, al igual que la evidencia empírica, muestran que han sido los países que se han adentrado en un constante proceso de cambio estructural de sus aparatos productivos los que han logrado altas tasas de crecimiento económico sostenidas en el tiempo. Es decir, los que han logrado mayor grado de diversificación y sofisticación en la estructura de sus economías son los que han demostrado un mejor desempeño económico, muchos de los cuales han pasado a convertirse en los ‘milagros’ económicos de los últimos 50 años. En este grupo se destacan, entre otros, Corea del Sur, Taiwán, China, Japón y Malasia.

Colombia, por el contrario, parecería estar aplicando la receta contraria. A raíz del boom minero-energético por el cual está atravesando, no solo se viene reduciendo el nivel de diversificación de la canasta exportadora, sino que se está disminuyendo el nivel de sofisticación de esta –las exportaciones de productos primarios han pasado de explicar el 61,4% de las ventas externas en el 2001 a explicar el 82,8% en el 2011.

La mencionada literatura sugiere que este proceso de transformación productiva no se da de manera espontánea. Más aún, los países con ventaja comparativa en la producción de recursos naturales –como es el caso de Colombia– son más proclives a experimentar el proceso contrario: la migración de factores de sectores de alta productividad hacia ramos de menor productividad, disminuyendo así la productividad de toda la economía. Hay un sinnúmero de cuellos de botella y distorsiones de mercado que limitan este proceso de cambio estructural y justifican un rol activo por parte del Gobierno para propiciar esa transformación productiva. Fue ese papel activo del Gobierno el que facilitó dicho proceso en los países considerados hoy ‘milagros’ económicos.

El país se está enredando en la discusión sobre los síntomas de enfermedad holandesa que se pueden estar experimentando a raíz de la apreciación cambiaria derivada del auge minero-energético. Eso ha conllevado a que se planteen soluciones cortoplacistas –salvaguardias, mayores aranceles y otros paliativos para ciertos subsectores– o de alcance limitado –una política industrial para el ramo manufacturero exclusivamente-. El problema no es particularmente la desindustrialización, es cómo hacerles contrapeso a las contundentes fuerzas de las ventajas comparativas que empujan al país a ser eminentemente minero-energético, cuando, por el contrario, se necesita aumentar el nivel de diversificación y sofisticación. La solución a este problema pasa porque el país se replantee la política y los instrumentos que viene implementando para asumir dicho reto. Desde el Consejo Privado de Competitividad consideramos que lo que hay hoy está lejos de ser suficiente. Por eso, estamos planteando la necesidad de redefinir una verdadera política de cambio estructural.

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