María C. Cárdenas de Santamaría

El efecto de las creencias

María C. Cárdenas de Santamaría
POR:
María C. Cárdenas de Santamaría
noviembre 16 de 2011
2011-11-16 01:28 a.m.
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Las creencias son ideas que tenemos sobre múltiples cosas: diferencias entre géneros, obligaciones de los padres, superioridad de las razas, entre otras. Todas son respetables mientras no queramos imponer las nuestras ante los demás.

En esto se ha pasado la humanidad y este es el origen de muchos conflictos interpersonales, incluso entre países.

Al leer la novela del inglés Ken Follett, Un Mundo sin fin, sobre la vida en un condado en la Inglaterra del siglo 14, pareciera que el autor estuviera narrando el día a día de nuestras sociedades actuales: el manejo de los intereses de los grupos que tienen poder y que acuden a cualquier treta para lograr sus objetivos es muy semejante.

Pero lo más impactante es el abuso de poder por parte de los hombres para someter a las mujeres y limitar su participación en todos los espacios que le puedan conferir cierto grado de autoridad: política, medicina, comercio, entre otros.

Una situación reciente refleja aún mejor la semejanza entre la novela y nuestra sociedad, en relación a las creencias, que en ocasiones, por intentar imponerlas, llevan a medidas que no permiten la evolución de la humanidad. Hace unos días, fue tema de debate la ley que permite a las mujeres en estado de embarazo abortar cuando está en riesgo su vida, cuando existe malformación fetal y/o cuando el embarazo ha sido producto de una violación.

A esta discusión, que es sólo una muestra de la lucha entre creencias, se suma la manera en que esta se muestra como la manifestación del abuso de poder de los hombres sobre el cuerpo y el destino de las mujeres.

Bien señalaba uno de los senadores que se opuso a la propuesta: “este proyecto es un paso atrás en la historia y en la ciencia, y va en contra de todos los derechos adquiridos de las mujeres y penalizaría no sólo el aborto, sino la anticoncepción, la fecundación invitro, las terapias de células madre o la eutanasia pasiva”.

Hombres y mujeres somos iguales, ambos como seres humanos buscamos la autonomía y el bienestar.

Y así tengamos múltiples diferencias en nuestra conducta y en la manifestación de nuestras potencialidades, en igualdad de condiciones todas podemos lograr el desarrollo personal y contribuir al mejoramiento de la vida social.

La pregunta que surge, entonces, cuando me encuentro con esa necesidad de dominación de los hombres frente a las mujeres, es: ¿qué es lo que los hace sentirse tan amenazados? Es que la ley en cuestión no obliga a nadie a interrumpir el embarazo: ¡da la opción!

¿No es acaso una de las características más valiosas de los seres humanos la capacidad de optar y poder elegir?

Me temo que la amenaza que interpretan los hombres frente a cualquier manifestación de autonomía de las mujeres los lleva a intentar dominarlas por la fuerza, pero las mujeres por la fuerza no funcionamos, luego seguirán perdiendo ellos su esfuerzo de controlar para someter y habremos dejado de avanzar como humanidad.

Porque en su intento por dominar y decidir por ellas, las alejan y las lanzan, ahí sí, a actuar solas, con lo cual seguiremos perdiendo todos y todas.

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