María Carolina Lorduy
Análisis

¡Gracias Mark Geiger!

El nuevo presidente debe congregar y no dividir, consolidar los acuerdos de paz, no acabar con ellos ni permitir que se menoscaben.

María Carolina Lorduy
POR:
María Carolina Lorduy
julio 05 de 2018
2018-07-05 09:04 p.m.
http://www.portafolio.co/files/opinion_author_image/uploads/2016/04/22/571a2dd2664be.png

Pasadas las elecciones y aún en la tusa de la ilusión mundialista, por fin podemos darle la bienvenida al 2018. Gracias a Mark Geiger, sin duda. No tengo idea de fútbol, pero tampoco tengo duda de que lo que pasó en la tarde del 3 de julio en el estadio Spartak de Moscú fue un descarado montaje para que la (pre)potencia inglesa pasara a cuartos de final. La corrupción de la Fifa, que ya no es ningún secreto, dictó y Geiger, con su mejor cara de ‘póquer’, materializó el deplorable plan que casi les falla en el último minuto cuando nuestro gran Yerry los puso a sudar frío.

Dios –si es que Dios se ocupa de estas cosas– sabrá por qué al final le regaló el azar a los ingleses, pero alguna razón tendrá. Y me temo que tiene que ver con el levantamiento colectivo que generó en Colombia el descaro del árbitro Geiger, su evidentísimo actuar inapropiado, que no es erróneo ni desatinado, sino, seamos claros: rampantemente corrupto. Por eso, ¡Gracias Mark Geiger! Porque si fuimos capaces de levantarnos al unísono con tanta ira y determinación –aun cuando solo fuera en redes sociales– en contra del corrupto Geiger, tengo la esperanza de que también lo podemos hacer – no solo en redes– en contra de los corruptos que en nuestro propio campo de juego se burlan descaradamente del resto de nosotros, nos denigran y nos han robado por años el derecho de todos a acceder a las mismas oportunidades –ojo, no a las mismas cosas, sino a las mismas oportunidades–.

Por lo anterior y apenas a un mes de que el presidente electo asuma, parece relevante aclarar algunas cosas que se diluyeron entre el fin de la angustia electoral y el comienzo de la euforia futbolística. Y es que seguimos leyendo y oyendo que quienes votamos por Duque sin pertenecer a sus huestes, lo hicimos por dos razones: desacuerdo con los acuerdos (de paz) y por miedo a que Petro llegara al poder. Motivos que pueden ser ciertos, pero no necesariamente van juntos.

Soy de los que en segunda vuelta –que no en la primera– votó por Duque (y no en blanco como la coherencia me dictaba) por físico pavor. Pero, como muchos conciudadanos, quiero aclarar que este no iba acompañado de la primera razón. Por el contrario, muchos de los aterrorizados votantes de la segunda vuelta votamos ‘Sí’en el plebiscito: un sí convencido, lleno de esperanza, un sí del corazón y no de la ideología o el revanchismo. Yo lo hice, y no por ser partidaria de Santos, ni por tener intereses particulares, sino por una razón simple: si para algunos uno de los grandes méritos de Álvaro Uribe fue permitirles –incluido al presidente Santos– volver a sus fincas de Anapoima o Tierralta por militarizadas carreteras, para mí el gran mérito de Santos es que le permitió por primera vez a mi generación sentarse en una tienda de carretera sin tener que poner la espalda contra la pared.

No soy santista ni uribista, ni ‘anti’ninguno de ellos, soy una ciudadana en la mediana edad, que nació en la guerra, creció en la guerra, tuvo una hija en la guerra, y que en vez de una buena guerra como la que empezamos a tener en el gobierno anterior, prefiere una enclenque paz como la que tenemos hoy. Porque para mi, nacida, crecida y reproducida en la guerra, ya es tremenda victoria no tener que morir en ella.

Santos, como todos, tendrá mil desaciertos, habrá traicionado a unos, se habrá aliado con otros, se habrá lagarteado un Nobel, pero vamos conciudadanos, el tipo nos permitió no morir también en medio de la guerra. Para mi eso es más que suficiente para ‘perdonarle’ el resto.

Por eso, que no se equivoque Duque, muchos de los que votamos por él no lo hicimos por estar en desacuerdo con los acuerdos de paz –de hecho, para mí resulta absurdo e irracional que alguien pueda estar en desacuerdo con estos– ni por ser seguidores de Uribe, a quien también una vez admiré, sino como antídoto contra Petro. (Y para ser justos, hay quienes dicen que la mitad de los votos de Petro también fueron de vacuna contra ‘Uribe’).

Que no se equivoque el presidente Duque. El mandato que millones le entregamos no es el de retroceder en el camino de la reconciliación, menos borrar todo lo que huela a Santos. Es el de seguir la labor iniciada por Santos –y si, también por Uribe–, consolidar la paz y que el populismo del siglo XXI, encarnado en Petro, sea definitivamente derrotado en nuestro país. Ya las recurrentes equivocaciones del PRI llevaron al populista López Obrador a la presidencia de México; ojalá algo hayamos aprendido.

Para eso, el nuevo presidente debe congregar y no dividir, consolidar los acuerdos de paz y no acabar con ellos ni permitir que se menoscaben a punta de leguleyadas y triquiñueques que ya vemos venir desde algunos sectores. Tomar lo bueno que deja Santos –como los avances en materia de salud, comercio, comunicaciones e infraestructura, que los hay y grandes– y multiplicarlo.

Y, claro, corregir yerros no solo de Santos, sino de ahí para atrás, incluidos los del propio Uribe. El más imperdonable de ellos: no solo no haber reducido, sino haber dejado crecer la brecha de inequidad. Cerrar esa brecha –bandera de Petro– es urgente y prioritario, pero no con fábulas tipo Robin Hood, como las que nos contó Petro, sino con medidas realizables, implementables y exitosamente probadas. Todo eso, claro, requiere ser financiado. Y aquí retorno a mi homenaje a Geiger. Porque según cálculos de la Procuraduría y la Contraloría, la corrupción en Colombia anualmente nos cuesta entre 45 y 50 billones de pesos, eso es entre el 4 y el 5 por ciento del PIB nacional, casi el valor de la deuda externa del país, eso son muchos hospitales, muchas escuelas, muchos médicos y maestros, muchas universidades! Le dejo a los expertos las cuentas de para qué tanto alcanzaría esa suma, pero sabiendo esto, y habiendo sido capaces de congregarnos en una sola voz para condenar la corrupción del árbitro Geiger en el estadio Spartak, en defensa de nuestra selección, ¿no seremos capaces de hacer lo mismo con nuestra propia corrupción en nuestro propio campo de juego y en defensa de todo un país?

Mientras tanto, ayer recibimos a nuestros muchachos como los héroes que son, por representarnos con altura y dignidad y regalarnos unos días de gloria que, así hubieran sido solo segundos, valen oro. Y con la ilusión de que, así como hoy todos sacamos pecho gracias a ellos, en Qatar 2022 ellos puedan sacar pecho gracias a que representan a un país mejor.

Nuestros columnistas

día a día
Lunes
martes
Miércoles
jueves
viernes
sábado