María Sol Navia V.
columnista

El sector privado y la corrupción

Hay muchas luces rojas, una de las últimas fue la mala noticia que recibió el país con el empeoramiento de la imagen de corrupción.

María Sol Navia V.
POR:
María Sol Navia V.
marzo 07 de 2018
2018-03-07 08:21 p.m.
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¿Podrá el empresariado colombiano luchar contra la corrupción y evitar que el descalabro hacia el que nos dirigimos se detenga en medio de la pendiente? ¿Habrá la voluntad real de hacer un esfuerzo conjunto y decidido para sacar al país de este lodazal en el que nos hundimos, y que por el camino del populismo y el resentimiento nos puede llevar al autoritarismo?

La corrupción no solo impera en el sector público o en los funcionarios públicos, la corrupción se pasea por el sector privado: desde el momento en el que las empresas, los contratistas, los particulares ofrecen o aceptan dar coimas para lograr sus intereses, hasta el caso de las relaciones y negocios entre particulares. Hay corrupción cuando se compran empleados subalternos o mandos medios, para lograr lo que se codifique un producto en una gran tienda o distribuidora, cuando se amañan licitaciones y propuestas también entre empresas privadas.

Realmente, el sector privado puede hacer mucho ante esta emergencia moral, social, política y económica. Si las empresas privadas honestas, con responsabilidad social, gobierno corporativo reglado, principios y valores compartidos se unen y hacen un gran pacto por la transparencia, similar a lo que han hecho con el manejo de los aportes a las campañas, será el inicio de un camino para desterrar la venalidad y el afán de lucro sin fundamento.

Existen compañías corruptas, o funcionarios, y hay que investigar el fondo de muchos de los grandes contratos y cómo lograron los responsables su éxito, seguramente caerán en algún momento. Por otro lado, si la mayoría de las empresas están comprometidas con un comportamiento ético, irán aislando a las que no lo son, y saldrán también a flote quienes no son empresarios, sino oportunistas que van detrás del dinero fácil, comprando conciencias de funcionarios venales. Las juntas directivas deberían tener en su agenda, como parte del gobierno corporativo, un informe sobre licitaciones y contratos, en el cual se expliquen condiciones, compromisos y se detallen costos para verificar que no haya un rubro escondido por donde salgan los pagos irregulares. Esto aplica no solo en negocios con entidades gubernamentales o estatales, sino en los negocios entre el mismo sector privado, allí también hay corrupción, en las compras, obras, contratos. Ojo con los bonos de éxito, total trasparencia en los números y procesos.

Hablar nuevamente de corrupción es repetitivo, pero la problemática es tan grave y se incrementa permanentemente, que es inevitable volver sobre este tema. La seguridad jurídica e institucional del país está amenazada y uno de los argumentos esgrimidos por quien no se distinguió por su transparencia en el ejercicio de la función pública como alcalde de Bogotá, es la lucha contra los políticos y el establecimiento, enmarcando la corrupción como característica de todos los gobiernos y políticos que han ejercido en Colombia, con un lenguaje populista y provocador, lleno de mentiras y ofrecimientos absurdos, cercanos a la locura venezolana, de la cual no se ha deslindado. El momento apremia, pues hay muchas luces rojas y una de las últimas fue la mala noticia que recibió el país con el empeoramiento de la imagen de corrupción, que cayó seis posiciones para quedar de 96 en un grupo de 180 países, y con una calificación de 37 puntos sobre 100, es decir, perdió el año.

Recordar estos guarismos, que han sido ampliamente comentados estos días, es solo para reiterar la gravedad de la situación colombiana, incluso dentro del contexto internacional, en momentos en los que se dice que el mal de la corrupción es global.

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