Mario Hernández Zambrano
columnista

El problema no está en las sábanas

Nuestros políticos creen que con esa actitud de denigrar de los partidos a los que han pertenecido, le sacan el cuerpo a la crisis que está enfrentando el sistema.   

Mario Hernández Zambrano
POR:
Mario Hernández Zambrano
septiembre 17 de 2017
2017-09-17 11:25 p.m.
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¿Sabe usted qué es una rosa? En castellano –no solo el ‘romántico’–, el término ‘rosa’ proviene directamente y sin cambios del latín ‘rosa’, con el significado que conocemos: rosa. Esto es, una rosa es una rosa. ¿Y una rosa roja? Pues, una rosa roja.

¿Y un político qué es? Sencillo: un político es un político. Nadie que lo sea lo puede ocultar. Y a decir verdad, y sin profundizar en Nicolás Maquiavelo, la política alcanza un terreno propio y distinto: puede haber política religiosa, cultural y económica, pero mientras exista la distinción entre amigos y enemigos, el terreno es propiamente político, del hombre político. Así se vuelve inconfundible, como pasa con la rosa. La cruda advertencia de Ortega y Gasset: “La política es una actividad instrumental, limitada, que no es capaz de organizar la amistad entre los hombres, ni la lealtad mutua ni el amor”.

En la política no hay reglas de juego, o a lo mejor el juego es acabar con las reglas del juego, pues si las circunstancias lo exigen, hay que cambiarlo todo para que todo siga lo mismo.

¿Y a qué viene esto? A lo que está pasando en nuestro país. De más de una treintena de precandidatos, por lo menos 25 quieren alcanzar la postulación definitiva por la vía de lograr el número de firmas de ciudadanos que establece la ley, lo que, en otras palabras, es renunciar a una organización a la que algunos de ellos han pertenecido por mucho tiempo, han obtenido los beneficios de sus estructuras y han ocupado, en su nombre, importantes cargos en distintos gobiernos como cuotas burocráticas de sus colectividades.

En esos términos, a la gente le resulta difícil de creer que ahora han dejado las toldas por el simple hecho de que se ha acrecentado el desprestigio general del oficio político.

Hay casos especiales y menos creíbles. Un aspirante al que sus ancestros han dado toda la herencia política crea un partido y se convierte en el director natural con su propia bancada, otro ha ocupado tres ministerios y cargos diplomáticos por su filiación y un tercero ha pasado por los más altos puestos oficiales, y hasta tuvo en sus manos la reforma de la Constitución, pero resulta que ahora deciden ir por firmas en una maniobra que, en términos prácticos, sirve para adelantar las campañas sin tener encima la vigilancia ni el control. En términos políticos, es pretender cambiarlo todo para que todo siga igual, una habilidad de adaptación que solo se da en la política.

Los políticos nuestros creen que con esa actitud de denigrar de los partidos a los que han pertenecido le sacan el cuerpo a la crisis que está enfrentando el sistema, cuando en realidad los problemas de credibilidad nacen en los mismos políticos, que ahora responden por una ideología que pregona el beneficio personal y no la convivencia ciudadana.

Por ahí no es el camino. Solo con partidos fuertes y con ideología propia se pueden fortalecer la democracia y el Estado, lo demás es una transacción con fines electoreros mediáticos –en la que la gente no cree– y ahonda la pérdida de confianza de la ciudadanía.

El expresidente francés Charles de Gaulle lo entendió bien: “Puesto que un político nunca se cree lo que él dice, se sorprende cuando otros creen en él”. Eso puede explicar lo que está ocurriendo en Colombia.

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