Mario Hernández Zambrano

Al oído de nuestros padres de la patria

Mario Hernández Zambrano
Opinión
POR:
Mario Hernández Zambrano
junio 11 de 2015
2015-06-11 03:12 a.m.
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Desde niños, los colombianos sentimos un gran respeto y admiración por el Capitolio Nacional, porque aprendimos y creemos que es la cuna de la democracia, a la que van los representantes y senadores elegidos popularmente, una de las expresiones máximas de la buena política en el mundo.

El 20 de julio de 1847, el presidente Tomás Cipriano de Mosquera puso la primera piedra de los cimientos en el costado sur occidental de la Plaza Bolívar, pero cuatro años después los trabajos fueron suspendidos por 20 años, debido a las diferentes guerras civiles que azotaron a Colombia.

Después, el presidente Eustorgio Salgar reanudó la construcción en 1871, pero fue solo hasta 1904 que Rafael Reyes volvió a poner en marcha la construcción abandonada, con encargo especial de incluir el alcantarillado, que no había sido tenido en cuenta en el proyecto original, pues –para ser justos– en la época no existía tal servicio.

Luego de muchos ires y venires, finalmente en 1926 se culminó la construcción del Capitolio Nacional de la República de Colombia, considerado ejemplo de la arquitectura neoclásica en Latinoamérica, pero también símbolo de la ruptura entre el periodo colonial y la nueva arquitectura denominada ‘republicana’.

Hoy, no ha perdido su imponencia, en parte, porque su estructura está hecha en piedra de cantería y conserva su arquitectura. Por eso a los colombianos, de carne y hueso, nos produce sentimientos encontrados, ‘ingratos’, que llevan a reflexionar: una sensación de tristeza y melancolía, y una dosis de rabia ir a visitarlo, pues su mantenimiento y cuidado demuestra desidia y despreocupación de quienes deben ser los responsables de mostrar que en ese recinto es donde –nada más y nada menos– se diseñan y aprueban las leyes y se discuten los grandes problemas que preocupan a los colombianos.

En el primer piso hay paredes en mal estado, en uno de los salones más importantes, muchos cuadros requieren restauración. Además, el trámite de ingreso se asemeja más al de una prisión, no tiene relación alguna con lo que representa. Y lo más diciente es que no son grandes sumas de dinero las que se requieren para resanar y pintar las paredes, lo cual ratifica la idea de abandono y desgano.

Cualquier ser humano se siente orgulloso de su casa y, por extensión, de su sitio de trabajo, ya que tanto en la una como en el otro, se realiza como persona. Por eso, no se entiende por qué nuestros padres de la patria son apáticos y no se preocupan por mantener el Capitolio en el mejor estado. ¿Será que esa misma actitud la adoptan al momento de estudiar y tramitar las leyes? Sería desastroso.

Al salir del recinto, ya afuera del Capitolio, uno espera respirar un mejor ambiente para compensar lo que acaba de dejar, pero no alcanza a lograrlo: todavía quedan residuos de la última manifestación política, o de alguna protesta, que –en una actitud irracional y despreciable– llenó de grafitis varios de los monumentos.

Un grupo de niños, quienes con su maestro recorren, seguramente por primera vez, la Plaza de Bolívar, miran fijamente y sorprendidos el Capitolio. En sus caritas se les nota la belleza de la ingenuidad y la esperanza: por nada hay que permitir que las pierdan.

No creo que ningún extranjero se lleve una buena impresión del Capitolio colombiano, y menos si antes ha estado en Lima o Santiago de Chile, por ejemplo.

Mario Hernández

Empresario exportador

mariohernandez@mariohernandez.com

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