Mario Hernández Zambrano

A propósito del oficio político

Mario Hernández Zambrano
Opinión
POR:
Mario Hernández Zambrano
septiembre 15 de 2015
2015-09-15 01:48 a.m.
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En mis escritos de opinión procuro no hacer referencia en primera persona, pues me parece desconsiderado pretender influenciar a los demás con un supuesto ejemplo de alguien que también comete errores, tiene ambiciones y es humano como cualquiera. Por eso, presento excusas a los lectores por este comentario y les aseguro que es excepcional.

No había tenido oportunidad de estar tan cerca de la política, y no dudo en decir que ha sido una de las experiencias más gratas, enriquecedoras y formadoras que he tenido en la vida, que, a decir verdad –con toda humildad–, han sido muchas, más allá de mi conocido y nada fácil ejercicio empresarial. Como muchos saben, acompaño a Rafael Pardo en su campaña por la Alcaldía de Bogotá.

La primera paradoja que me ha impactado, y que desde afuera se subestima, es que la política afecta a todo y a todos, y, pese a ello, es uno de los oficios que ‘goza’ del mayor desprestigio, y se resume en aquella frase descalificadora del amigo que dice “¡y ahora, decidió meterse a la política!”; o la de los dirigentes gremiales que hacen política pura con el objeto de defender intereses privados y legítimos, pero no tienen ningún recato al afirmar que a sus asociaciones “no les es permitido participar en política”. Pero, a renglón seguido, están listos para hacer lobby en procura de alcanzar algún favor de los odiados políticos y luego mostrarlo como un logro a sus juntas directivas.

Max Weber, gran renovador de las ciencias sociales al considerar a los individuos con conciencia, voluntad e intenciones -que es preciso comprender-, hizo una distinción que vale la pena mencionar: el auténtico político, como un líder, ofrece al pueblo un camino, y el político profesional le dice al pueblo lo que este quiere oír. El primero vive para la política y el segundo vive de la política. En otras palabras, los principios hacen la diferencia entre la seriedad del oficio, que cree en el bienestar general, y la habilidad de los otros para adaptarse a la circunstancias como fórmula para alcanzar un objetivo mediático, que buscan muchos de los políticos.

Esa apatía e indiferencia frente a la política hace un gran daño, porque deja el espacio libre a quienes pretenden controlar el poder con la ‘corruptopolis’, una metrópoli propensa a habitar el universo político. Y en esos términos, no hay duda de que la corrupción mina la democracia y, finalmente, la sociedad termina pagando los platos rotos, incluyendo a los que supuestamente no quieren saber nada de la política. Los ejemplos pululan, cercanos y lejos: Brasil México, Venezuela, Argentina, Chile, España y Francia, entre otros. Países adelantados y los no tan desarrollados.

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Bogotá se está jugando el futuro de convertirse en una de las megaciudades del mundo en 10 años, como lo estima The Economist. Y todos deben ser conscientes de que la participación ciudadana es fundamental en ese objetivo. Lo más fácil es criticar y culpar a los políticos de los problemas, cuando la indiferencia es el cómplice número uno. La experiencia dramática que vivió la ciudad con el llamado ‘Carrusel’ tiene que dejar lecciones para impedir que vuelva a ocurrir. Y el primer paso es castigar en las urnas a quienes de una u otro manera están involucrados desde la administración o la junta directiva que es el concejo de la ciudad. Personas como el periodista y economista Silverio Gómez, quién aspira al Concejo (U-1) invita a la gente para que vuelva a creer. Es un ejemplo que debe imitarse.

Mario Hernández Zambrano

Empresario exportador

mariohernandez@mariohernandez.com

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