Mario Hernández Zambrano

A propósito de la usura

Mario Hernández Zambrano
Opinión
POR:
Mario Hernández Zambrano
abril 15 de 2013
2013-04-15 05:42 a.m.
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La usura no es un cuento nuevo y la historia está llena de narraciones no solo ligadas al tema mismo, sino a la religión y la política.

Una leyenda popular del siglo XII, cuenta que cierto usurero que iba a contraer matrimonio fue aplastado por una estatua que le cayó encima al entrar a la iglesia.

Al examinar la estatua, vieron que era también la de un usurero, habiendo, de ese modo, manifestado Dios cuánto le repugnaban quienes negociaban con el dinero.

Y al señor Robert Keayne, profesor de canto (silo XVII), es acusado de un crimen atroz y lo hicieron confesar, con lágrimas en los ojos, por tener un corazón avaro y corrompido, por ganar más de lo debido y ‘buscar la riqueza por amor a la riqueza’.

Después, los protestantes prepararon el camino para compaginar la vida espiritual con la vida mundana: es una piedad positiva la misión de hacer que los talentos que Dios ha dado a cada quien, rindan al máximo en las tareas diarias de la vida. La apetencia de lucro como una virtud.

En todo el mundo se discute el tema. Actualmente, en el país el asunto ha vuelto a las páginas de los medios porque la Superintendencia Financiera ha fijado la tasa de usura en un nivel superior, cuando el Banco de la República está bajando la tasa con la que le presta dinero a los bancos.

La reacción de cada quien se ajusta a sus propios ‘intereses’: los críticos aprovechan la oportunidad para darle con todo el palo a la banca y los banqueros dicen sentirse injustamente tratados.

Primero que todo, se debe aclarar que la culpa no la tiene la Superintendencia Financiera, y que el jefe de la entidad no está obrando en favor de los bancos. Su trabajo es, sencillamente, promediar los registros de los bancos y establecer la tasa, lo cual, claramente, demuestra que cuando esa tasa máxima sube, los bancos están prestando el dinero más caro. Así de claro.

Los economistas pueden hacer todos los análisis y estudiar todos los modelos, pero a los colombianos de carne y hueso, ricos y pobres, grandes, pequeños y muy pequeños empresarios, les quedan dudas como estas: cuando la tasa de inflación era del 20 por ciento, la tasa de interés era del 40 por ciento, es decir, dos veces; y ahora cuando la inflación anual es del 2 por ciento, la tasa de los créditos arranca efectivamente en el 12 por ciento, y para los microcréditos puede llegar a más del 30 por ciento, esto es, desde seis a más de 15 veces.

¡Qué alguien lo explique! No se necesita ser sabio para saber que la importante no es la tasa nominal, sino la real.

Luego, se pregona que es muy importante incentivar el consumo y la banca ‘acosa’ a la gente para entregar tarjetas de crédito, muchas veces con una laxitud que sorprende, y la tasa de interés ronda por encima de la que es usura, de 31,25 por ciento.

Tampoco se entiende de dónde sale la justificación cuando los banqueros alegan que el riesgo del crédito de consumo es muy alto, y ahí viene otra duda: ¿luego no fueron ellos mismos quienes ofrecieron y escogieron al cliente para entregarle la tarjeta? Y como en el cualquier negocio, uno selecciona a los clientes por su calidad. Pero a renglón seguido, se dice que los pequeños prestatarios son los más cumplidos con sus obligaciones.

¡Que siga el debate sobre las tasas de interés! No hay que dejarlo apagar.

Mario Hernández Z. Empresario exportador

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