Mauricio Cabrera Galvis

Otro concepto de competitividad

Mauricio Cabrera Galvis
Opinión
POR:
Mauricio Cabrera Galvis
septiembre 02 de 2014
2014-09-02 03:43 a.m.
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Desde el inicio de la apertura de la economía (hacia adentro) en la década de los 90 se puso de moda hablar de competitividad. Todos los gobiernos desde entonces han propuesto iniciativas para promoverla, y el directorio se ha llenado de siglas de entidades dedicadas al tema: la Comisión Nacional, Red Colombia Compite, Sistema Administrativo Nacional y Comisiones Regionales. El sector privado también se metió en el tema y creó el Consejo Privado de Competitividad.

La visión más simplista del concepto es aquella que piensa que la clave para competir es poder producir con costos más bajos. Entonces, la agenda de competitividad se concentra en acciones para reducir costos: construir carreteras y puertos para rebajar los fletes, presionar para que bajen las tarifas de la energía, disminuir impuestos y, por supuesto, combatir al que señalan como el principal enemigo de la competitividad: los costos laborales.

Un concepto más completo de competitividad es el que usa el Foro Económico Mundial, que la define como “el conjunto de instituciones, políticas y factores que determinan el nivel de productividad”. A partir de esta definición se han desarrollado índices que comparan el nivel de los países en los que a Colombia siempre le va regular, tirando a mal y, lo peor de todo, no avanza a pesar de los esfuerzos públicos y privados.

Al enfocarse en la productividad ya no se trata solo de reducir costos, sino de calidad y valor agregado de los productos. Alemania es uno de los países más competitivos del mundo a pesar de tener altos costos laborales y de energía, además de elevados niveles de impuestos. La agenda de competitividad se amplía a temas como innovación, ciencia, tecnología y educación, además de que se hace más relevante el papel que juegan las instituciones.

Sin embargo, la competitividad debe incluir otras dimensiones para ser sostenible, como la equidad. En su libro ¿Por qué fracasan las naciones?, Acemoglu y Robinson muestran con muchos ejemplos que países con instituciones excluyentes, es decir, aquellas que crean o mantienen la desigualdad y donde el Estado es manejado por las élites para su exclusivo beneficio, pueden prosperar por un tiempo, pero su crecimiento no es sostenible.

Estudios recientes, incluyendo algunos del FMI, concluyen que naciones con menor desigualdad crecen más rápido, es decir, son más competitivas. Más aún, en contra de la teoría neoliberal de crecer la torta primero para repartirla después, encuentran que las políticas para disminuir la desigualdad no afectan el crecimiento, sino que lo promueven.

Como la desigualdad perjudica la competitividad de los países, en los índices mundiales se debe incluir esta variable. Al hacerlo, Colombia descendería aún más en el ranking mundial, pero tal vez la clase dirigente se convencería de que no es sostenible buscar ser competitivos con políticas que aumentan la desigualdad y que la competitividad de unas regiones modernas e innovadoras como Bogotá, Antioquia o el Valle se perjudica con el retraso de otras como el litoral Pacífico.

Agenda: la semana pasada cité un estudio de la U. Nacional que estimaba que la reforma de las horas extras del expresidente de la confianza inversionista le había quitado $2,6 billones de ingresos a los trabajadores. Ese era el cálculo para el primer año de vigencia de la reforma. Ahora, algunos gremios empresariales se oponen al proyecto del Partido Liberal, pues estiman que les puede reducir las utilidades en unos $4 billones. Eso es buscar la competitividad aumentando la desigualdad.

Mauricio Cabrera G.
Consultor privado
macabrera99@hotmail.com

 

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