Mauricio Cabrera Galvis

Una guerra perdida

Mauricio Cabrera Galvis
Opinión
POR:
Mauricio Cabrera Galvis
junio 08 de 2015
2015-06-08 11:56 p.m.
http://www.portafolio.co/files/opinion_author_image/uploads/2016/02/19/56c7861ade3cd.png

Escasa atención, casi nula, le dedicaron los medios de comunicación la XXXII Conferencia Internacional para el Control de Drogas (Idec) que se celebró en Cartagena la semana pasada, a pesar de que participaron delegados de 109 países y varios gobiernos, empezando por el de Colombia, insistieron en la necesidad de una nueva estrategia para el control del narcotráfico.

Con muy pocas excepciones, va creciendo el consenso sobre el estruendoso fracaso de la llamada ‘guerra contra las drogas’ que lanzara Nixon, el mentiroso, hace más de 40 años y que, cuando cayó el muro de Berlín, reemplazo la lucha contra el comunismo como uno de los ejes de la política exterior norteamericana.

Una de las excepciones a este consenso es precisamente la de EE. UU., que sigue manteniendo la política de represión a los productores y consumidores de estupefacientes como el camino a seguir. Por supuesto, con la doble moral que siempre ha caracterizado la guerra contra las drogas, se trata de una política que hay que aplicar fuera de su país, pues allá crece el número de estados que han legalizado la producción y el consumo de la marihuana, mientras que insisten que acá la sigamos fumigando con glifosato.

Una anécdota ilustra las paradojas de esta doble moral. En Colombia nos gastamos miles de millones de pesos en una ineficaz estrategia de represión, en tanto que en el estado de Colorado discuten si deben devolver solo a los consumidores de marihuana o a todos los contribuyentes un excedente de impuestos de 76 millones de dólares recaudados por la venta legal de la hierba.

El fracaso de la estrategia represiva en Colombia lo planteó, con crudeza, el presidente Santos en la apertura de la Idec, al recordar que desde 1993 la policía colombiana ha capturado 995.000 personas por narcotráfico e incautado 829 toneladas de cocaína por un valor superior a los 60 billones de pesos. Como diría Jaime Garzón, todo ese esfuerzo “y el gringo ahí”.

Aunque defendió la decisión de suspender las fumigaciones con glifosato, el presidente no mencionó las cifras de ese otro colosal fracaso: en 12 años se han fumigado 1,5 millones de hectáreas (más de 10 veces el área inicial) y solo se ha reducido un poco el zona sembrada, porque se resiembra cerca del 80 por ciento del área fumigada y los cultivos se desplazan a nuevos territorios. Más decepcionante aún, con la mitad del área plantada se produce la misma cantidad de cocaína, porque ha aumentado la productividad de los cultivos.

Colombia es el país que mayores costos ha asumido en esta inútil guerra, y por eso tiene toda la autoridad moral para exigirle al mundo una nueva estrategia que debe desplazar el campo de batalla a los países consumidores: porque es allá donde se producen los precursores químicos para la elaboración de drogas, se generan enormes utilidades del negocio de la distribución y se empiezan a lavar los flujos de dinero generados. Además, son los que se lucran produciendo y vendiendo armas a los narcotraficantes.

Es una buena noticia que las conclusiones de la Idec apunten en esta dirección, así como a reconocer que la drogadicción y los consumidores son un problema de salud pública, y que los campesinos productores de la materia prima, lo que necesitan son alternativas de cultivos rentables. Por ahora, son declaraciones en el papel, pero el reconocimiento del fracaso en la guerra contra las drogas es el primer paso para cambiar la estrategia.

Mauricio Cabrera G.

Consultor privado

mcabrera@cabreraybedoya.com

Nuestros columnistas

día a día
Lunes
martes
Miércoles
jueves
viernes
sábado