Mauricio Cabrera Galvis

¿Negociación o rendición?

Mauricio Cabrera Galvis
Opinión
POR:
Mauricio Cabrera Galvis
junio 30 de 2015
2015-06-30 01:45 a.m.
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Es un error calificar como enemigos de la paz a todos los que se oponen al proceso de negociaciones en La Habana entre el Gobierno y la guerrilla. Si bien hay unos cuantos que se lucran del negocio de la guerra y recurren a todas las formas de lucha para que continúe, no hay duda de que la mayoría de los colombianos anhelan la paz. El gran debate que tiene polarizado al país está en el camino para lograrla.

Hay dos posiciones diametralmente opuestas. Para el Gobierno, y la mayor parte de la opinión pública, el camino es la negociación con el adversario para lograr que deje las armas y renuncie a la violencia como medio para obtener sus objetivos políticos. Como en toda negociación, hay que ceder algo y tragarse unos cuantos sapos, pero no es ingenuidad, porque se reconoce que el resultado del proceso depende de que se mantenga la presión militar sobre la guerrilla.

Para la oposición, el camino es el sometimiento y la rendición del enemigo: que entreguen las armas, se rindan y acepten los castigos que se les imponen por haberse rebelado contra los ganadores. En esta vía no hay negociación ni se cede un ápice a las pretensiones de la guerrilla; es la venganza y la imposición de las condiciones del vencedor sobre el vencido. Muchas de las propuestas de personas como el Procurador o el expresidente, que compró su reelección, lo que buscan es transformar las negociaciones de La Habana en un proceso de rendición de la guerrilla.

Detrás de estas dos posturas hay dos visiones de la guerrilla como enemigo. Para los primeros, son personas que tienen sus motivos y razones para luchar –así sean equivocados y no se compartan–, y con los que será necesario convivir cuando termine la guerra, resolviendo las diferencias por las vías democráticas y no por las armas. Para los segundos, son terroristas que en lo posible deben ser exterminados, o por lo menos castigados severamente, y sin ninguna perspectiva de reintegrarse a la política ni a la sociedad.

Más allá de las razones religiosas que exhortan por el perdón y la reconciliación –y que deberían ser suficientes para esos que se dicen cristianos, pero, en la práctica, rechazan el mensaje de Jesús el Cristo– la historia ofrece causas muy poderosas para concluir que reconocer la dignidad del enemigo y negociar con él es la mejor alternativa –y la única– para alcanzar la paz en Colombia.

La primera es que, a pesar de que en el 2002 se eligió un presidente por su promesa de acabar con la guerrilla en cuatro años, han pasado 14 y ha sido imposible derrotarla. Hoy, la guerrilla está debilitada y no es una amenaza para el Estado, pero mantiene su capacidad de hacer daño y su presencia en parte del territorio nacional; la seguirá manteniendo mientras subsista el conflicto social y tenga los ingresos del narcotráfico.

Otra razón es que, salvo que se extermine al enemigo, el sometimiento y la humillación de los vencidos nunca ha sido garantía de una paz duradera, sino la semilla de nuevas guerras. Al final de la Primera Guerra Mundial, el Tratado de Versalles fue la venganza de los vencedores, que impusieron duras condiciones a los alemanes derrotados, que fueron el caldo de cultivo para Hitler, el nazismo y los horrores de la Segunda Guerra Mundial. Cuando esta terminó, los vencedores perdonaron y ayudaron a los alemanes vencidos a convertirse en la gran potencia que es hoy. ¿Cuál experiencia queremos repetir?

Mauricio Cabrera G.
Consultor privado
mcabrera@cabreraybedoya.com
 

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