Mauricio Cabrera Galvis

Serrat, toda la vida

Mauricio Cabrera Galvis
POR:
Mauricio Cabrera Galvis
noviembre 25 de 2008
2008-11-25 12:40 a.m.
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Esta vez no pasó por Cali. Solo se presentó en Bogotá y Medellín.

No sé si por costos, por falta de escenario adecuado o solo por una agenda muy apretada en la gira. Lo cierto es que para verlo hubo que pagar tributo al centralismo, viajar a la capital, aguantar el frío de otra noche lluviosa y maldecir una hora y media en medio de un trancón de tráfico peor que el de la Autopista del Sur de Cortazar.

Llegamos tarde al concierto, pero llegamos; nos perdimos las dos primeras canciones, pero finalmente allí estábamos viendo y oyendo a Joan Manuel Serrat, solo con su guitarra y el mágico acompañamiento de un piano, con su pinta descomplicada de camisa y jeans, con la misma energía vital que transmite en cada canción, pero también con los años que se le notan, tanto como a la mayoría de los miles de serratianos que nos reunimos esa noche a dejar volar los recuerdos al compás de una música y unos poemas que nos han acompañado toda la vida.

Sí, toda la vida, porque fue apenas saliendo de la adolescencia, cuando teníamos el mundo aún por descubrir, que Serrat nos enseñó toda la sabiduría de don Antonio Machado, el que amaba los mundos sutiles como pompas de jabón y sabía que para el caminante no hay camino, sino que hace camino al andar y que preferí cantar no al Jess del madero, sino al que anduvo en la mar.

De su mano recorrimos en la imaginación muchos rincones de España, los patios de Castilla de la infancia de Machado, la Orejuela de Miguel Hernández, el poeta que luchó y murió para la Libertad, los sitios de verano como el Aranjuez de la muchacha típica o el Aragón del mismo Serrat, la Sevilla del Tío Alberto, la bonita Baladona vecina de su Barcelona natal donde la cuesta de su calle de Gracia sembrada de bombillas se vestía de fiesta, o cualquiera de esos pueblos blancos colgados de un barranco, tristes de no ver el mar; y aunque no nacimos en el Mediterráneo ni lo conociéramos sentíamos que debía ser hermoso que nos enterraran, sin duelo, entre la playa y el cielo, cerca del mar.

Serrat le puso palabras a los sentimientos que queríamos expresar. Como que decir amigo no se hace extraño cuando se tiene sed de veinte años; como las palabras de amor sencillas y tiernas que compartimos con la mujer que cuyo nombre nos sabe a hierba y que al final nos ató a su yunta. Como las nostalgias de nuestra niñez cuando el canal era un río y el estanque era el mar donde navegaban barquitos de papel. Como el Fausto que todos llevamos dentro para el que no hay nada más bello que lo que nunca he tenido, nada más hermoso que lo que perdí. Como la alegría de ver crecer a esos locos bajitos, esos hijos que a menudo se nos parecen, aunque un día nos digan adiós. Como la presencia de las pequeñas cosas que no las mató el tiempo ni la ausencia, de los recuerdos que suelen ser tristes, pues son hijos de aquello que fue y ya no existe, que son todo lo que somos, lo que fuimos y lo que quisimos y no pudo ser.

En los momentos de desesperanza también estaba Serrat, cuando queríamos escapar de esta tierra que está enferma y sin esperar mañana lo que no nos dio ayer, o cuando pedíamos al Quijote hazme un sitio en tu montura que yo también voy cargado de amargura y no puedo batallar. Pero aún en estas noches oscuras su palabra nos recordaba que para vivir solo vale la pena vivir y que había que seguir buscando aquella utopía que levanta huracanes de rebeldía, porque sin utopía la vida sería un ensayo para la muerte.

macabrera99@hotmail.com

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