Mauricio Reina

Duró poquito

Mauricio Reina
Opinión
POR:
Mauricio Reina
julio 11 de 2014
2014-07-11 12:25 a.m.
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Entre las muchas cosas sorprendentes que nos trajo el magnífico trabajo de la Selección Colombia en el Campeonato Mundial, hay una que me llamó poderosamente la atención: la infinidad de artículos que proponían que podríamos aprovechar lo que acabábamos de vivir para convertirnos en un país mejor.

Varios comentaristas, reconocidos por sus análisis sobre temas ajenos al deporte, argumentaron que la epopeya de nuestros futbolistas planteaba la posibilidad de aprender a ser mejores colombianos.

Las reflexiones iban desde cosas obvias, como que hay que dejar de lado la mezquindad para poder trabajar en equipo, hasta cuestiones más complejas, como que una nueva generación puede transformar el talante de toda una sociedad.

Esos análisis me produjeron interés y asombro. Así como me interesaba que el entusiasmo se hubiera trasladado de las calles a los ámbitos de reflexión, me asombraba que semejante capacidad analítica pasara con tanta facilidad del optimismo a la ingenuidad.

Y es que los valores que vemos cotidianamente en el país difieren tanto de los que mostró el equipo colombiano en la cancha, que no es razonable pensar que tres semanas de ensueño puedan cambiar la inercia de una sociedad que el expresidente Darío Echandía llamó “país de cafres”.

Me disponía, entonces, a exponer en esta columna por qué las recomendaciones de los sesudos analistas no germinarían en estas tierras, cuando la realidad me relevó de tan ingrata tarea.

La primavera de la posibilidad de transformar nuestra idiosincrasia duró poco: se empezó a diluir con la eliminación de Colombia y terminó de desaparecer con el primer partido de las semifinales, cuando resurgieron los peores rasgos de la colombianidad.

La actitud vengativa con que la mayoría de los colombianos asumieron el partido de Alemania contra Brasil revela varias cosas lamentables. Muchísima gente todavía piensa que nos robaron el partido contra los brasileños, lo que refleja una asombrosa incapacidad de autocrítica.

La Selección Nacional no jugó bien durante el primer tiempo y parte del segundo, y solo reaccionó cuando faltaban 20 minutos y ya era demasiado tarde.

Y aunque es indudable que el árbitro pitó mal, no es claro que haya debido validar el gol de Colombia (http://bit.ly/1zrMCGG) y, mucho menos, que nuestra derrota se haya debido a él.

La derrota de Brasil frente a Alemania también dejó clara nuestra total falta de objetividad para analizar la realidad. Los que aseguraban que el Gobierno de Dilma Rousseff tenía comprada la Copa no se rindieron ante la evidencia y siguieron vociferando insensateces sin reconocer su grosero error hasta el día de hoy.

Pero lo más lamentable de todo es que el martes pasado resurgió, recargado, uno de los rasgos más detestables de nuestra idiosincrasia: construir la alegría propia alrededor de las desgracias ajenas.

Mientras hace una semana James Rodríguez lloró ante las cámaras y David Luiz fue a consolarlo, el martes pasado fue el zaguero brasileño quien estalló en llanto y millones de colombianos se alegraron frente a sus pantallas. Difícil imaginar una mezquindad mayor.

Mauricio Reina

Investigador Asociado de Fedesarrollo

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