Miguel Gómez Martínez

Amarga valorización

Miguel Gómez Martínez
Opinión
POR:
Miguel Gómez Martínez
noviembre 05 de 2014
2014-11-05 02:58 a.m.
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Están llegando a miles de bogotanos los recibos de valorización. Para muchos agobiados por la inmovilidad, la suciedad y la inseguridad de la ciudad, es un momento amargo. Deben pagar cada año más y vivir con menor calidad de vida. Hace tiempo que nada mejora en Bogotá, pero seguimos pagando impuestos y servicios más caros. Es muy frecuente escuchar a habitantes de capital discutir sobre lugares a los cuales trasladarse para poder vivir mejor con menores presupuestos. Ciudades como Armenia, Bucaramanga, Pereira y el eje Barranquilla-Cartagena son alternativas que cada vez atraen a más bogotanos desesperados por el caos capitalino.

Para quienes nacimos y queremos morir en Bogotá, la situación es desesperante. La ausencia de obras relevantes, la falta de un mínimo de orden y el evidente deterioro de la infraestructura pública, hacen de nuestra urbe un lugar feo y hostil para el ciudadano. El costo acumulado de la pérdida de tiempo es incalculable. El estrés, la tensión y el mal genio son característicos de quienes habitan a la ciudad. Los efectos se perciben ya en el comercio y en actividades económicas que han dejado de ser viables por los problemas estructurales frente a los cuales no hay respuestas ni propuestas.

Llegar a este punto es responsabilidad de la ciudadanía, que ha elegido gobernantes sin visión ni capacidad de administrar una metrópoli compleja y diversa. Once años de semiparálisis, cuando no de retroceso, son visibles.

El presupuesto distrital, que es de 14,6 billones de pesos, no parece rendir, pues se despilfarra en miles de contratos de poco impacto, mientras los graves problemas solo reciben paños de agua tibia. Es el caso del sistema de TransMilenio, saqueado por la administración anterior y abandonado por la actual hasta llegar a un punto de saturación preocupante y peligroso.

Pero el mismo diagnóstico negativo se puede hacer de áreas como la salud o la educación. La saturación de la red hospitalaria del Distrito es impresionante. Los hospitales han sido, como en otras regiones del país, entidades muy propensas a la intervención política y a la falta de transparencia en su contratación. Este carrusel, del que se habla mucho menos, es más grave que el desfalco en las vías, que fue organizado por el IDU.

En educación, el modelo demuestra la crisis de calidad, ya que ningún colegio distrital clasifica entre los primeros 500 del país. Una urbe que está lejos del mar solo puede competir con recursos humanos capacitados.

El objetivo de que Bogotá sea una ciudad bilingüe no es una prioridad de los que siguen convencidos que la educación pública no tiene que cumplir requisitos de calidad. No sobra recordar que nada de lo prometido por la actual administración, en materia de jornada única o jardines infantiles para la primera infancia, se ha cumplido.

Los impuestos nacionales son más difíciles de evaluar, pues el gasto público nacional se distribuye en cientos de funciones diversas. En cambio, a nivel local, pagar tributos como el predial o la contribución de valorización tiene una relación directa con la calidad de vida cotidiana. En Bogotá es una sensación amarga de pagar mucho para recibir muy poco.

Miguel Gómez Martínez
Profesor de Cesa
migomahu@hotmail.com

 

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