Miguel Gómez Martínez

Analfabetismo económico

Miguel Gómez Martínez
Opinión
POR:
Miguel Gómez Martínez
abril 26 de 2016
2016-04-26 08:19 p.m.
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El Gobierno firmará el acuerdo de paz. Firmará cualquier acuerdo de paz, pero lo firmará. Es su única forma de dejar alguna huella en la historia. De eso podemos estar seguros. Todo parece indicar que será en algunos meses.

Contrario a lo que muchos piensan, en las actuales circunstancias, mientras más se demore la firma mejor será para Santos. No tendrá que asumir los delicados problemas de la desmovilización y la no entrega de las armas por parte de las Farc. De paso, le dejará el espinoso tema del Eln al gobierno que sigue.

Pero, sobre todo, no tendrá que enfrentar las espinosas preguntas sobre el financiamiento de lo acordado en La Habana. En este país de analfabetismo económico, el debate sobre los efectos económicos de la paz es inexistente. Quien se atreve a preguntar por el costo de tal o cual concesión es inmediatamente catalogado de “enemigo de la paz”, y, por lo tanto, de amigo de la guerra. Cada vez que alguien arrincona al gobierno con esos incómodos interrogantes fiscales, este suelta su perorata sobre las inmensas ganancias derivadas de la paz y de los ríos de miel que caracterizarán nuestro futuro en el posconflicto.

Ni en Hacienda, ni en Planeación, ni siquiera en el Emisor se atreven a ponerle números a lo concedido en pos de la paz. Nadie quiere ser el aguafiestas de la parranda cubana. Cuando apenas iniciaba la negociación, algunos técnicos de Hacienda calcularon que el solo capítulo agrícola podría costar unos 44 billones de pesos de ese entonces. Fue tal la sorpresa en los analistas económicos, que la respuesta del gobierno fue prohibir que el tema de los costos de la paz se mencionara, o que se realizaran estudios técnicos al respecto.

Claro que la paz no tiene precio. Reducir la violencia, los homicidios o los atentados es una ganancia neta para cualquier sociedad cuyo costo es imposible de tasar porque se mide en vidas humanas, que son por definición invaluables. Pero un asunto bien diferente es el costo del proceso, que existe, es elevado y debe ser pagado.

¿Cómo se repartirá la carga fiscal adicional entre los ciudadanos? ¿Cuánto aumentará nuestra deuda? ¿Qué impacto tendrá en el corto y mediano plazo sobre variables como inflación, desempleo, inversión extranjera o tasa de cambio? ¿Cuáles son las regiones que serán las más beneficiadas? ¿Cuáles sectores productivos deberán ser transformados en prioridad? Como estas, hay cientos de preguntas que merecen estudio y análisis. También deben ser objeto de procesos de discusión, pues se trata del futuro de todos los colombianos.

Pero el gobierno nos trata como niños, que saben que la medicina es amarga pero que les hará bien. Siempre preocupado por su frágil popularidad, quiere que no nos tomemos la cucharada para que no hagamos mala cara. Le conviene el analfabetismo económico porque le permite ganar tiempo y dejarle el problema al futuro gobierno, mientras se pavonea a nivel internacional con el título de hacedor de paz.

En este concierto de manipulación que es el proceso de paz, participan –por acción u omisión– muchos actores como la academia, los medios especializados o los expertos en economía, cuya misión debería ser la de orientar la opinión analfabeta en economía sobre estos debates trascendentales.

Miguel Gómez Martínez
Asesor económico y empresarial
migomahu@hotmail.com

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