Miguel Gómez Martínez

Austeridad: ¿una idea peligrosa?

Miguel Gómez Martínez
Opinión
POR:
Miguel Gómez Martínez
mayo 06 de 2015
2015-05-06 03:21 a.m.
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Cuando uno es tolerante, le gusta leer personas que piensan diferente. Destino parte de mi tiempo al estudio de autores que se salen de mi línea de pensamiento económico, muy marcada por la ortodoxia. Me apasiona descubrir sus falacias, me entusiasma cuando encuentro argumentos que me cuestionan y me ayudan a acercarme a la siempre esquiva verdad. Por eso soy un liberal de pensamiento, me gusta el disenso, no me incomoda el debate y respeto a quien piensa diferente. Por eso no soy santista.

He leído con interés Austeridad, historia de una idea peligrosa, de Mark Blyth (Planeta 2014). Me tentó el título en medio de la orgía de gasto y dilapidación de recursos que observamos en este gobierno. Me llamó la atención porque, desde hace años, estoy convencido de que el materialismo extremo es la mayor amenaza para el futuro de la humanidad. Si no reducimos nuestros niveles de consumo, el planeta colapsará bajo la doble presión demográfica y ecológica. Cada vez creo que muchos de nuestros problemas sociales provienen del deseo de tener más cosas y de una ética colectiva que estimula ese comportamiento como positivo.

Pero volviendo a la tesis de Blyth, la primera parte de su argumento es válida: la austeridad se ejerce contra los más pobres. En los periodos de expansión, la especulación genera burbujas que terminan explotando, poniendo en riesgo la estabilidad de los intermediarios financieros. Para evitar corridas bancarias y recesiones aún mayores, los gobiernos asumen los costos de estos procesos de salvamento aumentando la deuda pública. Es el caso de la Reserva Federal y sus políticas de quantitative easening. Pero el incremento de los pasivos públicos resulta insostenible y se imponen políticas de austeridad para evitar el escenario de una crisis de pagos. Se propone, entonces, la reducción de los servicios públicos fundamentales que benefician, en su mayoría, a los más necesitados. Cuando vemos el estado de los hospitales, las universidades públicas, los sueldos de los maestros y policías, es claro que la austeridad en Colombia se quiere cargar sobre los más débiles.

Blyth, en cambio, está errado cuando, en su enfoque keynesiano, vuelve a confiar en los estabilizadores automáticos del gasto público.

La austeridad fiscal aumenta el déficit, luego no es conveniente reducir el gasto y se debe permitir que el Estado refuerce la demanda agregada a pesar del aumento de la deuda. Este argumento tradicional de la escuela intervencionista desconoce las enormes filtraciones del gasto público entre las cuales están el despilfarro, la corrupción y la falta de planeación. Colombia también es un ejemplo de este tipo de vicios, pues casos como Gramalote, Caprecom, las concesiones viales, Saludcoop, son algunos ejemplos de la dilapidación del gasto público.

Tiene razón Blyth al afirmar que una mala política de austeridad es el peor escenario económico de ajuste. Cuando proliferan los contratos internacionales escandalosos, la compra de aviones ejecutivos, el derroche en viajes al exterior, en presupuesto para los medios afines, en subsidios a gremios amigos o en exenciones tributarias a financiadores de campaña, la austeridad la terminan pagando los maestros, los enfermos o los policías.
Miguel Gómez Martínez

Asesor económico y empresarial
migomahu@hotmail.com

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