Miguel Gómez Martínez

Calvario ciudadano

Miguel Gómez Martínez
POR:
Miguel Gómez Martínez
abril 16 de 2014
2014-04-16 03:28 a.m.
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La semana anterior escribí una columna sobre la falta de respeto de los funcionarios públicos, que ejercen su labor con total desprecio hacia el ciudadano. Mi artículo produjo numerosos comentarios de personas que relataban casos similares de absurdos requerimientos de los representantes de las entidades públicas. Puesto que estamos en Semana Santa, es un buen momento para reflexionar sobre las causas de esta actitud frecuente en tantas entidades, y que hacen que cumplir las obligaciones ciudadanas resulte, en muchos casos, un verdadero calvario.

La arrogancia de la administración es una preocupante señal de subdesarrollo. Implica que el funcionario se cree superior al ciudadano y no entiende cuál es su rol público. Por lo general, esta actitud se suma al hecho de que el funcionario es un recomendado político y cree que solo debe responder ante su jefe. Mientras este no le retire el respaldo, puede abusar de su posición, pues sabe que las quejas de la ciudadanía poco o ningún efecto tendrán en la estabilidad de su cargo.

Pero también están los funcionarios cobijados por el régimen de carrera y que saben que es prácticamente imposible despedirlos, lo que refuerza su pereza e indolencia. El poco nivel de compromiso explica la bajísima productividad de la mayoría de las entidades públicas, que son incapaces de prestar un servicio rápido y eficiente.

Es cierto que ser funcionario público no es fácil. En muchos casos, las condiciones de trabajo distan de ser óptimas. Faltan recursos y la tecnología no es siempre actualizada. Además, los salarios no son los mejores. Pero también tiene ventajas, como una mayor estabilidad laboral y menos presión que la que sufren los del sector privado, siempre obsesionados con la generación de utilidades.

Sin embargo, para ser un buen funcionario se requieren una buena actitud personal y vocación de servicio. Se necesita entender que el ciudadano tiene derecho a exigir, pues con sus impuestos y contribuciones se paga el salario del servidor público. Esta verdad, tan evidente como cierta, parece ser ajena a tantos funcionarios, que sienten que le están haciendo un favor a la persona que se acerca a su despacho.

La ausencia de compromiso de muchos funcionarios refleja la poca estima que los ciudadanos tienen por quienes trabajan en el sector público. En países con buena tradición de administración, los funcionarios son respetados y admirados. Se reconoce la importancia de la actividad que cumplen y se acepta que contribuyen al bienestar social.

Salvo excepciones, en Colombia, los empresarios, comerciantes, empleados, pensionados y los que no forman parte del Estado perciben al sector público como un enemigo que persigue y castiga, pero poco aporta a mejorar la competitividad del país. Cualquier trámite implica un desgaste, sumado a la pérdida de tiempo y a los costos crecientes de lidiar con la administración.

Mucho trecho tenemos que recorrer para reducir la tramitomanía, mejorar la eficiencia de los servicios públicos e invertir la situación actual. Solo de esta forma el ciudadano sentirá que el Estado está a su servicio y no al contrario.

Miguel Gómez Martínez

Profesor del Cesa

representante@miguelgomezmartinez.com

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