Miguel Gómez Martínez

La otra cara

Miguel Gómez Martínez
Opinión
POR:
Miguel Gómez Martínez
octubre 08 de 2014
2014-10-08 12:50 a.m.
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La otra cara de la economía colombiana se está mostrando y no brilla. Por el contrario, preocupa. El roto fiscal es el bombillo de un rojo más intenso. Los 12,5 billones de pesos que faltan en el presupuesto obligan a una importante reforma tributaria que inicia su tránsito por el Congreso.

Habrá que esperar los primeros debates parlamentarios para dimensionar la magnitud de la amenaza que los nuevos impuestos podrían generar para el crecimiento de la producción. Grave también la cifra de la cuenta corriente de la balanza de pagos, que muestra un desequilibrio del 4,4 por ciento del PIB, equivalente a un déficit de 8.100 millones de dólares.

Tanto en el plano interno como en el sector externo, el panorama debe alarmar, pues, en ambos casos, se trata del reflejo de problemas estructurales que no se resolverán en el corto plazo y cuyos correctivos son dolorosos. Subir los impuestos a los de siempre tendrá un impacto negativo sobre las expectativas de los consumidores.

Seguir apretando, vía el impuesto de patrimonio, tiene consecuencias sobre la rentabilidad de muchos negocios y perjudica los flujos de inversión, tan importantes cuando se quiere mantener el crecimiento en un entorno internacional caracterizado por bajas tasas de expansión.

Por su parte, el déficit del sector externo presiona una mayor devaluación que sería favorable para los exportadores, pero agravaría el déficit fiscal, pues el Gobierno tiene, al mes de septiembre, una deuda externa de 51.200 millones de dólares y que ha venido creciendo a un elevado ritmo del 14 por ciento anual.

Pero lo que el Gobierno quiere hacernos creer es que la reforma impositiva es necesaria porque el posconflicto así lo exige. Sin haber firmado la paz, ya estamos pagando por unos compromisos que benefician sobre todo a la voraz clase política que conforma la Unidad Nacional. A los ciudadanos cada día les es más difícil creer que el gasto público es bien ejecutado y que reduce la inequidad social.

Por el contrario, los usuarios de los servicios públicos están aburridos de pagar peajes de 9.200 pesos (4,6 dólares) para recorrer treinta kilómetros de carreteras que dan pena, aún cuando son denominadas pomposamente como ‘dobles calzadas’. El contribuyente no puede seguir impasible, mientras los recursos del presupuesto van para subsidiar sectores improductivos, pero con poder político, como los cafeteros.

Es el momento de revindicar, una vez más, la importancia de contar con un Estado pequeño y eficiente, que cumpla sus funciones básicas y permita que el sector privado se dedique a generar riqueza. Pero tenemos un sector público que no garantiza la seguridad ciudadana, no administra justicia oportuna, no defiende nuestra soberanía ni protege a los más débiles.

En cambio, ofrece gabelas a los poderosos y violentos, permite la corrupción asociada con la mermelada y se empeña en subsidiar aquellos sectores improductivos que no merecen el apoyo de nuestros impuestos.

Para que las reformas tributarias sean legítimas, el gasto público debe ser eficiente y transparente. Pedirle al ciudadano que siga contribuyendo con sus recursos, mientras los índices de corrupción aumentan y los políticos se lucran, no resulta políticamente aceptable.

Miguel Gómez Martínez
Profesor del Cesa
migomahu@hotmail.com


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