Miguel Gómez Martínez

Chiclets

Miguel Gómez Martínez
Opinión
POR:
Miguel Gómez Martínez
mayo 27 de 2015
2015-05-27 02:26 a.m.
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Hay nombres emblemáticos que nos han seguido durante toda nuestra vida. Chiclets es uno de ellos, pues cuando pequeño nos rapábamos con nuestros hermanos los de menta (caja amarilla) que mi madre compraba. Es uno de esos productos con los que uno crece y considera que son infinitos. Son infinitos, pero no serán producidos en Colombia, pues la multinacional dueña de la planta ubicada cerca de Cali considera que producir en nuestro país no es posible por la baja productividad. Se pierden más de 400 empleos que irán a México, donde se fabricarán los chiclets que ahora consumiremos.

Perder capacidad productiva y empleos debería preocupar al Gobierno y a los representantes de la industria. Pero, pasmados por los malos resultados económicos que se confirman cada vez más, la respuesta de quienes tienen las mayores responsabilidades políticas y sectorial es de una inexplicable timidez. ¿Cuántas empresas más deben sumarse a las cientos de industrias que han cerrado o transferido su producción al exterior? ¿Cuántos empleos debemos perder antes de reaccionar y revisar algunas de las estrategias fallidas? ¿Por qué no abrimos un debate sobre lo que podemos hacer para frenar la desindustrialización?

Las compañías se quiebran por errores gerenciales y por problemas estructurales. Sin duda, en el caso del fabricante de chiclets, no se tomaron a tiempo las decisiones necesarias para enfrentar la declive. Pero hay también temas que están por fuera de la fábrica. La baja competitividad de la economía, la pésima infraestructura, los bajos niveles tecnológicos, una legislación laboral atrasada, altos costos de energía, una tramitomanía desesperante, más impuestos y regulaciones absurdas, están acabando con el tejido productivo. No es, entonces, de extrañar que la empresa mueva su producción a México, uno de los países más beneficiados por la apertura irracional de nuestra economía.

Si el Gobierno y los empresarios tuviesen claridad mental propondrían constituir una mesa de trabajo que revisara lo que está sucediendo, propusiera un conjunto de medidas de emergencia y unas reformas estructurales que permitieran frenar el desangre de negocios y de empleo. Pero es difícil que esto suceda, pues al Gobierno no le interesa nada que no esté en La Habana y al gremio no le interesa incomodar al Gobierno, que tantos beneficios le ha dado en favores y subsidios para unos cuantos favorecidos. No es de extrañar que, al mismo tiempo que se tomaba la decisión de cerrar la planta en el Valle del Cauca, el presidente del gremio escribía en El
Tiempo un artículo insistiendo en que la economía colombiana iba bien y que la política económica era exitosa. ¡Plop!

Mientras el Gobierno busca apretar aún más a los empresarios para conseguir ingresos fiscales, las realidades económicas que se expresan en los balances terminan por imponerse y llevando al cierre de industrias. No resulta lógico que, mientras aquí sobrecargamos las empresas y las sometemos a la competencia abierta, muchos otros países adoptan políticas concretas para proteger el empleo y fomentar la iniciativa privada.

Grave que perdamos empleos y capacidad de producción, delicado que nuestros socios comerciales se queden con los beneficios de la apertura. Pero lo más grave de la crisis industrial actual es la inacción del Gobierno y de quienes dicen representar al sector empresarial.

Miguel Gómez Martínez
Asesor económico y empresarial
migomahu@hotmail.com 

 

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