Miguel Gómez Martínez

Combinación mortal

Miguel Gómez Martínez
POR:
Miguel Gómez Martínez
octubre 09 de 2013
2013-10-09 02:06 a.m.
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El modelo de desarrollo latinoamericano ha oscilado entre esquemas intervencionistas y de libertad económica.

El cepalismo dominó, de manera casi absoluta, desde principios de los años sesenta hasta inicios de la década de los noventa del siglo pasado. Este modelo promovió la substitución de importaciones apoyada en esquemas de protección arancelaria. También favoreció la urbanización para absorber el excedente de mano de obra rural y alimentar la industrialización. El cepalismo produjo un indudable desarrollo industrial, pero que requería protecciones elevadas y subsidios. Las políticas industriales tuvieron, en la mayoría de los casos, dificultades para encontrar las economías de escala que las hicieran sostenibles. La protección frente a las importaciones indujo a mayores niveles de inflación, fomentó el contrabando y generó enormes rentas para los sectores protegidos.

Vino la reacción que se expresó en el Consenso de Washington. El objetivo era superar el modelo anterior, internacionalizar las economías, frenar los subsidios y protecciones que habían generado tantas ineficiencias. Se privatizaron empresas públicas ineficientes y se redujo la presión inflacionaria que tantos dramas había generado en el continente. Los resultados, sin duda, modernizaron nuestras economías y racionalizaron el gasto público. Pero pocos países hicieron las tareas complementarias. Las inversiones en infraestructura fueron lentas, no se le asignó prioridad a la transferencia de tecnología, los modelos educativos permanecieron centrados en la formación en humanidades y se generaron oligopolios tan ineficientes como los esquemas intervencionistas anteriores. Chile y Perú son los únicos ejemplos relativamente exitosos de estas inversiones necesarias para potenciar el proceso de apertura.

Como ni el intervencionismo ni un modelo de mayor libertad económica parecieron ser eficientes en sacarnos del subdesarrollo, hemos evolucionado en la peor de las direcciones. El modelo latinoamericano es hoy la sumatoria de extractivismo y populismo. Gracias a la buena tendencia de los precios internacionales de los productos básicos, volvimos a convertirnos en exportadores de materias primas, descuidando el frágil proceso de industrialización que habíamos logrado en el siglo pasado.

Hoy, el continente depende –como antes del cepalismo– del petróleo, carbón, soya, trigo, cobre, banano y café, que producíamos ya hace más de medio siglo. Con ingresos de exportaciones inflados por el ciclo de expansión de China, nuestras balanzas de pagos dejaron de ser débiles y permitieron una reducción de la deuda, mejores niveles de consumo interno y un incremento de las importaciones derivadas del fortalecimiento de nuestras divisas.

Pero la tentación populista reapareció, y más fuerte que nunca. Por razones ideológicas, el discurso a favor de los subsidios se hizo día a día más poderoso. La tendencia se inició en Venezuela y contagió a muchos de nuestros vecinos. Ecuador y Argentina siguieron el modelo aprovechando sus ingresos de exportaciones. Con menor intensidad, Colombia no ha sido la excepción. Las divisas provenientes de nuestras ventas de energía no se han traducido en un progreso sustancial de nuestra productividad. En cambio, sirvieron, mediante procedimientos populistas, como las regalías y transferencias, para alimentar programas de bajo impacto y altos niveles de corrupción.

Extractivismo más populismo, es, sin duda, una combinación letal.

Miguel Gómez Martínez

Profesor del Cesa

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