Miguel Gómez Martínez

La droga de la economía

Miguel Gómez Martínez
POR:
Miguel Gómez Martínez
mayo 01 de 2013
2013-05-01 11:35 p.m.
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Están de moda los subsidios. Los otorga generosamente –más de un billón de pesos– el Gobierno Nacional a los sectores que protestan, como el cafetero. Pero también los concede sin que reclamen, como las 100.000 casas gratis que se distribuyen siguiendo criterios electorales en ciertos municipios del país. Los conceden los gobiernos municipales, con el objeto de pulir sus imágenes populistas sin atacar la raíz de los problemas de la pobreza y la exclusión.

Hay subsidios buenos como la educación gratuita. Se trata de cerrar la brecha de desigualdad social. Pero es mejor subsidiar la demanda (en otras palabras, al padre del educando) y no a la oferta (los sindicatos de maestros). Los subsidios a la demanda permiten mantener la competencia, lo que estimula la calidad. Lo ideal sería darle al padre de familia el recurso para que él decidiera en cuál colegio –público o privado– desea que estudie su hijo. Cuando subsidiamos la oferta, la familia está obligada a asistir al colegio gratuito, que en muchas ocasiones es de baja calidad, lo que perpetúa la desigualdad social en lugar eliminarla.

Para que los subsidios sean buenos tienen que cumplir tres criterios obligatorios.

El primero es ir dirigido a la población que los necesita. El subsidio a la tarifa del Transmilenio en Bogotá es un buen ejemplo de una ayuda para quienes no lo necesitan. Puesto que opera en horas valle, se beneficia la población que no debe cumplir los horarios tradicionales de trabajo y, por lo tanto, aplica, en un alto porcentaje, a quienes no son los más desfavorecidos de la sociedad.

El segundo criterio es que debe ser temporal. El subsidio solo se justifica si resuelve un desequilibrio temporal del mercado. Se busca ayudar, de manera transitoria, a un grupo débil de la población que verá su situación de equilibrio restablecida con correctivos estructurales. Resulta irracional que el éxito del programa de Familias en Acción o el Sisbén se mida porque cada año hay más familias cubiertas por el mismo. Lo ideal sería que cada vez menos familias tengan necesidad de apoyo, lo que implica que se están corrigiendo los desequilibrios.

El tercer criterio es saber quién paga por el subsidio. En muchos casos, el subsidio es un espejismo, pues termina siendo asumido por la misma población que lo recibe. El Estado les quita por la derecha lo que luego les entrega por la izquierda. Un buen ejemplo es el agua gratuita en Bogotá. Como regalamos el agua que deberíamos conservar, la Empresa de Acueducto no tiene recursos para ampliar las redes de alcantarillado, y durante el invierno las casas de los pobres se inundan produciendo daños mayores que los beneficios que recibieron por el agua regalada que no necesitaban.

Los subsidios son como la droga de la economía. Uno se acostumbra a sus efectos y luego no puede vivir sin ellos. Pero lo más grave es que cada día se necesitan dosis superiores, como lo demuestra el caso de Venezuela o Bogotá.

Miguel Gómez Martínez

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