Miguel Gómez Martínez
columnista

El Vaticano y la economía

Qué bueno sería que quienes rigen las políticas económicas y los empresarios, refrescaran sus nociones de economía leyendo textos de la DSI.

Miguel Gómez Martínez
POR:
Miguel Gómez Martínez
septiembre 12 de 2017
2017-09-12 08:32 p.m.
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La visita del Papa es una demostración de lo equivocados que muchos están cuando abordan los temas de fe. Las multitudes y el fervor trasciende todos los parámetros, las categorías sociales, las diferencias económicas y los niveles de educación. Los que piensan que la religión es un atavismo, un temor mitológico o el opio del pueblo, deberían revisar sus posiciones. Hicieron fila los agnósticos y ateos de todos los niveles para poder estar cerca del Obispo de Roma. Los que con su actuar y pensar se oponen a la doctrina de la Iglesia, alababan al sucesor de Pedro y no encontraban más adjetivos para elogiarlo. Asesinos, secuestradores, corruptos, mentirosos y cínicos querían la foto con el hombre que encarna la fe y la bondad.

Si los católicos nos preocupáramos por nuestra formación, descubriríamos que la Iglesia tiene textos de contenido económico excepcional y que deberían inspirar todas las políticas económicas para lograr mayores niveles de equidad y justicia social.

La Doctrina Social de la Iglesia (DSI) es un cuerpo de documentos que han desarrollado los principales retos de la organización de la producción, el papel del trabajo, el subdesarrollo o la acumulación de riqueza. La DSI está centrada en el humanismo. El respeto de la dignidad del ser humano, por encima de cualquier otra consideración, es el eje central de todo el pensamiento católico en materia económica.

Sin duda, la encíclica Rerum Novarum (De los tiempos Modernos), publicada por el papa León XIII en 1891, marca el inicio de las contribuciones analíticas de hondo contenido económico. En un momento histórico en el que los movimientos sindicales ganan terreno defendiendo a los obreros, el Papa recuerda que el trabajo no es solo un derecho y una obligación del hombre, sino que tiene que desempeñarse en condiciones que respeten la dignidad del ser. Frente a esta injusticia, la Iglesia exige que los derechos de los trabajadores sean tenidos en cuenta y respetados. Dos encíclicas publicadas para conmemorar los cuarenta (Quadragesimo Anno, por Pío XI, en 1931) y Cien años (Centesimus Annus, por Juan Pablo II, en 1991) de Rerum Novarum profundizan, de manera excepcional, el papel del hombre en el proceso productivo desde el humanismo cristiano.

En Populorum Progressio (Del Progreso de los Pueblos), publicada por Paulo VI en 1967, se plantea, con agudeza, el problema del subdesarrollo y la dependencia de los países pobres frente a las políticas neo-colonialistas de las naciones más avanzadas. El texto ratifica la función social de la propiedad que trasciende el simple derecho a poseer las cosas si ellas no son utilizadas en beneficio de los demás, especialmente de aquellos que menos tienen.

La Iglesia se concentra en los temas de fondo. Enfatiza que toda acción del hombre debe inscribirse en un marco moral en el que el bien común prima sobre el individual. El Papa no habla de inflación, de modelos o proyecciones, ni del déficit fiscal. Pero toca los temas que son realmente importantes. Qué bueno sería que quienes rigen las políticas económicas y los empresarios, refrescaran sus nociones de economía leyendo textos de la DSI. Que recordaran que la avaricia y la acumulación excesiva de riqueza, en medio de tanta pobreza, es un mal uso de la libertad económica.

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