Miguel Gómez Martínez

Espejo venezolano

Miguel Gómez Martínez
POR:
Miguel Gómez Martínez
febrero 19 de 2014
2014-02-19 03:32 a.m.
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Como en Bogotá, en Venezuela empezaron subsidiando los servicios públicos. Como en Bogotá, se fue restringiendo el espacio del sector privado con el argumento de recuperar lo público. Como en Bogotá, se justificaron las pérdidas cada vez más grandes de las entidades oficiales con la excusa de consolidar un esquema económico diferente que no estuviera ligado a las utilidades. Como en Bogotá, en Venezuela se descuidó la inversión pública para dar paso a vagos programas asistencialistas, que en el fondo solo buscaban desarrollar cohortes clientelistas. Como en Bogotá, en el vecino país también son más importantes los discursos que las realidades.

Claro, Bogotá no es Venezuela, pero para allá vamos si no reaccionamos. Porque las similitudes entre el camino escogido por nuestros vecinos y el de nuestra capital son cada día más grandes. Es evidente en la estrategia de comunicación. Si, producto de la ausencia de inversión, el sistema TransMilenio colapsa y genera protestas de la ciudadanía, la respuesta del Distrito no es buscar soluciones, sino acusar a unos supuestos “saboteadores” de obstaculizar las vías. Se parece tanto a los encendidos discursos de Maduro acusando al ‘imperio’ por la escasez de papel higiénico o de la leche en los supermercados caraqueños.

Nada es más propio de los esquemas totalitarios que la incapacidad de hacer autocrítica y aceptar los fracasos. La responsabilidad es siempre de otros y no de los evidentes errores cometidos. La parálisis en la inversión, sumada al desequilibrio financiero –que ya es superior a los 110 mil millones de pesos– es lo que explica la crisis de un sistema que no ha crecido al ritmo que lo exige la ciudad. Estamos lejos de llegar a los extremos de escasez que ha producido el modelo chavista, pero en Bogotá hay extrema carencia de vías, disminución de todos los indicadores de calidad de vida y deterioro de la institucionalidad. De lo único que tenemos abundancia es de trancones, huecos y discursos populistas.

El desorden progresa en las calles y en los andenes llenos de todo tipo de vendedores ambulantes. La ciudad está sucia en sus calles y en sus muros, pues nos hemos acostumbrado a vivir en un entorno deteriorado.

Y también están los temas delicados de la inseguridad física y jurídica, que paraliza lentamente a sectores tan diversos como la construcción y el comercio.

Mientras tanto, las empresas emigran a otros municipios donde es más fácil desarrollar su actividad. La ciudad no progresa, sino que retrocede, a pesar de la avalancha de publicidad en los medios. Al igual que en Caracas, la propaganda es más importante que los hechos, que resultan tozudos y confirman la magnitud del desgobierno.

La experiencia de otros pueblos no debe pasar desapercibida. Cuando se inició el primer Gobierno de Chávez nadie llegó a imaginar que en los años posteriores las nacionalizaciones, el desgreño administrativo, la corrupción y el populismo destruirían la economía más rica de América Latina hasta llevarla a los niveles de pobreza de hoy. En Bogotá, deberíamos abrir los ojos y mirarnos en el espejo de Venezuela.

Miguel Gómez Martínez

Profesor del Cesa / representante@miguelgomezmartinez.com

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