Miguel Gómez Martínez
columnista

La poshuelga

Poner a los profesores a competir para que sean mejores nos llevará a la calidad de la educación.

Miguel Gómez Martínez
POR:
Miguel Gómez Martínez
julio 04 de 2017
2017-07-04 09:33 p.m.
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En el pulso entre el Gobierno y Fecode, durante la reciente huelga de maestros, los únicos perdedores fueron los estudiantes, pero no solo por los días de clase, que no tuvieron en un país donde la jornada educativa es muy corta. Son perdedores porque el tema de la calidad de la educación estuvo ausente en los debates. Gobierno y sindicato argumentan que la discusión es para mejorar la calidad, pero, en el fondo, todos sabemos que es un problema de salarios, remuneraciones y ascensos de los profesores, que tienen buena parte de la razón, porque en Colombia ser educador es ser sinónimo de pobre.

Los estudiantes pierden siempre porque la educación en Colombia es muy mala, como lo reflejan las pruebas internacionales Pisa (Programme for International Student Assessment) de la Ocde en las tres áreas que se miden: lectura, matemáticas y ciencias.

La relación entre educación y desarrollo ha sido muy estudiada por la economía. Sin duda, la referencia en la materia son los escritos del premio nobel Gary Becker sobre el capital humano. La inversión en educación de calidad es rentable. Becker logró demostrar que en Estados Unidos la inversión en maquinaria tenía una rentabilidad del 7 por ciento anual, mientras la educación universitaria producía para el estudiante un rendimiento entre el 11 y el 13 por ciento anual, lo que equivale a una ganancia de entre el 57 y el 86 por ciento, superior a la de los bienes de capital fijo.

Si la educación es de calidad, el costo de oportunidad de ‘sacrificar’ cinco años estudiando, luego del bachillerato, en lugar de iniciar una actividad remunerativa, es favorable y resulta, por lo tanto, una decisión inteligente. Becker desvirtuó, en cambio, que la curva de rentabilidad siguiera creciendo con los estudios posuniversitarios y doctorales, pues el costo de oportunidad incrementaba sensiblemente y se corría el riesgo de lo que algunos se consideran como ‘sobrecalificación’.

Todo ello es cierto si la educación es de calidad. De lo contrario, las conclusiones se desvirtúan. Puesto que un profesional colombiano, según el Ministerio de Educación, gana como salario de enganche 1,5 millones de pesos mensuales –apenas dos veces el salario mínimo–, todo lo afirmado por Becker no aplica en nuestro país.

Como está de moda hablar de posconflicto, de posverdad, podríamos hablar de la poshuelga de la educación. Ya es hora de que premiemos con justos salarios a los buenos profesores, y penalicemos a los que cumplen esta determinante función social con mediocridad. Es cierto que buenos alumnos estimulan a los docentes. Pero es aún más cierto que un buen profesor cambia la vida de sus alumnos y los conduce a la excelencia.

Esa sinergia requiere repensar el formato de las escuelas normales y de la universidad pedagógica, en las cuales los aspirantes a profesores confirman que no son ejemplos de aplicación para los alumnos. Los sistemas de evaluación de los docentes públicos pueden atarse al Servicio Nacional de Pruebas del Icfes para identificar a los buenos maestros por los resultados de sus educandos en las pruebas. A los sobresalientes hay que darles estímulos salariales e identificar sus mejores prácticas que explican los resultados de sus alumnos.

Poner a los profesores a competir para que sean mejores nos llevará a la calidad de la educación.

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