Miguel Gómez Martínez
columnista

Lecciones venezolanas

Los venezolanos han experimentado la carencia de estos ocho principios.

Miguel Gómez Martínez
Opinión
POR:
Miguel Gómez Martínez
agosto 01 de 2017
2017-08-01 09:09 p.m.
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El drama sobre nuestro vecino debe hacernos reflexionar sobre la superioridad de la política sobre la economía. A pesar de que los venezolanos se mueren literalmente de hambre, el aparato político es tan poderoso que logra reprimir a los millones que quieren el cambio. No importa lo que piensen los ciudadanos, ni la opinión pública mundial. La corruptocracia que gobierna, con el apoyo y la asesoría de los cubanos, es más fuerte que todo porque no tienen escrúpulos ni límites. Están dispuestos a lo que sea con tal de no entregar ese poder del que tanto han abusado.

En medio de las tentaciones políticas demagógicas que acosan a Colombia es importante recordar unas lecciones que los venezolanos nos han enseñado y que conviene nunca olvidar. No hay bienestar con populismo. No existen atajos a la prosperidad. Nada reemplaza la planeación, el trabajo duro y la persistencia de las políticas de Estado. Un país muy rico como Venezuela confirma que no hay remedios milagrosos, mucho menos los que se inspiran en la demagogia. Como lo vimos en la Bogotá de Petro, populismo no es política social.

No hay crecimiento con impuestos altos. Hay países como los europeos que tienen altas tasas de tributación y bienestar. Pero no crecen o crecen a un ritmo muy lento que ellos pueden permitirse porque no tienen necesidades urgentes. Pero nuestros países necesitan crecer para reducir la pobreza y eso no es posible con impuestos elevados como lo confirma la evolución reciente de Colombia con sus sucesivas reformas tributarias equivocadas.

No hay prosperidad con corrupción. La corrupción es el más regresivo impuesto posible. Se toma el dinero trabajado por los contribuyentes para engordar el bolsillo de los corruptos. No en vano, Córdoba, tierra de Ñoño, Musa, Otto Bula y carteles de hemofílicos, es uno de los departamentos más pobres del país.

No hay ahorro sin austeridad. Cuando un país es pobre necesita políticas que siempre enfaticen la austeridad para abrir gradualmente espacio al ahorro que permite la inversión.

No hay inversión sin confianza. Un proyecto productivo no se desarrolla en el corto plazo. Para que haya más inversión y, por lo tanto, más empleo, se requiere un horizonte de confianza que estimule al empresario a asumir el riesgo de su capital.
No hay equidad sin propiedad. Las políticas de redistribución deben financiarse con crecimiento y no con estatización de la propiedad. Sin respeto por la propiedad privada, toda redistribución es expropiación arbitraria.

No hay paz sin justicia. La justicia es la esencia de un sociedad civilizada. Sin ella el recurso a la fuerza ilegal es permanente y, por ende, no puede haber paz. En Venezuela, la justicia es ordenada por el gobierno. En Colombia también lo es, y además es corrupta e ineficiente.

No hay futuro sin seguridad. “La seguridad es la primera ley de la República” repetía, sin cesar, Santos cuando era candidato de la Seguridad Democrática. Sin seguridad, que es el respeto por la vida y bienes de los ciudadanos, ningún gobierno es viable.

Los venezolanos han experimentado la carencia de estos ocho principios. En Colombia varios de ellos flaquean en medio de la ausencia de gobierno, la debilidad de las instituciones y el colapso de la moral política.

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