Miguel Gómez Martínez

Leche derramada

Miguel Gómez Martínez
Opinión
POR:
Miguel Gómez Martínez
noviembre 12 de 2014
2014-11-12 02:13 a.m.
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“Llorar sobre leche derramada” es una expresión popular que significa lamentarse por cosas que ya no tienen remedio. El refrán aplica a la perfección para el tema petrolero y minero colombiano. Durante los años de bonanza escuchamos un poderoso coro de políticos, funcionarios públicos, alcaldes, gobernadores, ONGs ambientalistas, abogados inescrupulosos, líderes comunitarios, infiltrados de la guerrilla, periodistas, sindicalistas y muchos más hablar pestes del petróleo, el carbón, el oro y toda riqueza proveniente del subsuelo. Ahora, con la caída de los precios internacionales de las materias primas viene el rechinar de dientes.

Porque como bien dice otra frase coloquial “una cosa es cacarear y otra es poner un huevo”. Fácil resulta despotricar cuando el Gobierno se beneficia de los ingresos derivados de esas actividades, los gobiernos locales reciben las regalías que les permiten contratar generosamente a los recomendados de los políticos, los expertos ambientales se lucran con sosos estudios de impacto ambiental para cumplir con las interminables solicitudes de los ministerios y las CARs, los líderes comunitarios y abogados se benefician de las múltiples acciones legales para obstaculizar el avance de los proyectos o los sindicalistas obtienen los réditos de presionar a las empresas productoras o transportadoras. De este negocio del que tanto mal se dice, viven miles de personas que habitan regiones apartadas donde el abandono y la pobreza son la norma. Para ellos, el petróleo o la minería son un respiro en su miseria.

La caída de los precios de las materias primas deja al descubierto una industria nacional minera y petrolera endeble y poco competitiva, que ha enfrentado todos los obstáculos posibles desde la inseguridad y el terrorismo hasta el chantaje corrupto de quienes, como sanguijuelas, utilizaron a estos sectores como fuente de riqueza personal. Todo esto bajo la complicidad de gobiernos nacionales y locales incapaces de hacer cumplir la ley y de exigir a muchas de las empresas cumplir las normas, mitigar el impacto ambiental y colaborar en el desarrollo social de las regiones. Ahora que disminuyen los ingresos, el Gobierno entra en pánico por el impacto fiscal. Cuando se vislumbra la caída de las regalías, los políticos chillan, cuando se cierran pozos o minas, los alcaldes se asustan por las consecuencias sociales.

Clarísimo está que Colombia no es, salvo contadas excepciones, un modelo a imitar en minería. Ha faltado firmeza por parte de las autoridades para combatir los efectos depredadores de esta actividad. Como todo en nuestro país, brilla la impunidad y la corrupción cuando se trata de imponer sanciones ejemplares. Es evidente que en muchas regiones el impacto negativo es enorme y sus costos no han sido evaluados. Podíamos haber desarrollado estos sectores con las mejores prácticas y no fue el caso. Pero también es cierto que el país ha vivido de estos ingresos que han contribuido a nuestro desarrollo. Este flujo de riqueza explica el buen desempeño de nuestra economía del que tanto nos vanagloriamos.

Hablar mal de las actividades extractivas es un lugar común en nuestro país. Resulta fácil despreciar la riqueza cuando fluye el dinero. Ahora veremos a muchos llorar sobre la leche derramada.

Miguel Gómez Martínez

Profesor del Cesa

migomahu@hotmail.com


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