Miguel Gómez Martínez

Los otros corruptos

Miguel Gómez Martínez
POR:
Miguel Gómez Martínez
agosto 21 de 2012
2012-08-21 11:43 p.m.
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La corrupción en el sector privado aumenta todos los días.

Los únicos corruptos de nuestra sociedad no son los empleados públicos.

No se debe olvidar que en cada escándalo con recursos oficiales hay involucradas empresas del sector privado como en el caso de los Nule.

La coalición de intereses para desviar recursos es algo que no es exclusivo de las entidades del Gobierno.

Pero, con un doble lenguaje, muy propio de nuestra sociedad, no queremos aceptar que la crisis de valores también afecta al ramo privado y lo ha corrompido.

La corrupción del sector privado no es considerada prioritaria ni se hace nada de fondo para contrarrestarla.

De forma ocasional, estalla algún escándalo sobre robos significativos en el sector financiero, en la tesorería de alguna universidad, caja de compensación o empresa de importancia. Pero la corrupción privada es algo organizado y sistemático, con técnicas muy similares a las observadas en el sector público.

Las compras importantes, que se parecen a procesos licitatorios, tienen los mismos problemas de manipulación de las condiciones exigidas para castigar a algunos oferentes, hay fugas de información interna para favorecer a unos cuantos, se manipulan los informes de evaluación de las propuestas y se descalifica sin suficiente sustento a quienes pueden ser competitivos.

Hay, en las empresas, especialmente las grandes, verdaderas roscas sobornadas por oferentes que se han adueñado de las proveedurías. La sobrefacturación y los problemas de calidad son frecuentes en las empresas privadas, que siempre están muy orgullosas de sus sistemas de auditoría. Las multinacionales no son la excepción a estas prácticas.

Y hay formas muy diversas de corrupción que son frecuentes como la doble contabilidad, la evasión de impuestos, la elusión, la fuga de capitales y demás triquiñuelas tributarias.

Hay abusos de posición dominante, que se reflejan en condiciones injustas para los que venden. Las cadenas de distribución exigen a sus proveedores cláusulas leoninas para codificar sus productos y luego demoran los pagos de forma injustificada. Y las pequeñas tampoco son la excepción.

Los talleres de mecánica no solo son grandes evasores de impuestos, sino verdaderos artistas en la reventa de repuestos usados para robar al cliente con la calidad del servicio.

No hablemos de las tiendas, donde hay diversos precios dependiendo de la forma de pago, ni de las empresas de servicio que roban la retención en la fuente. Todo eso es corrupción, así no lo quieran aceptar los empresarios.

Frente a esta gravísima circunstancia, ni el Gobierno, ni la justicia, ni los gremios de la producción reaccionan. No hay cifras ni estudios confiables. Las políticas de transparencia son saludos a la bandera. Cuando hay escándalos, la reacción es taparlos y minimizarlos. Partimos de la base de que les corresponde a los accionistas vigilar sus recursos omitiendo que esta corrupción se traduce en mayores precios para los consumidores y menos competitividad para la economía.

Creemos, de forma ingenua, que la corrupción privada solo castiga al capitalista, pero nos olvidamos que muchas veces es el mismo empresario quien la fomenta.

Bandidos hay, y muchos, en el sector público, pero en el privado también existen, y no son pocos.

Miguel Gómez Martínez

Profesor del Cesa

representante@miguelgomezmartinez.com

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