Miguel Gómez Martínez

Un país sin ricos

Miguel Gómez Martínez
POR:
Miguel Gómez Martínez
mayo 08 de 2013
2013-05-08 12:12 a.m.
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“Un país sin ricos es un país pobre”, es una frase que le escuché a un importante comerciante capitalino y que condensa la realidad de Colombia.

Un reciente estudio del Banco Mundial, reproducido por el diario El Tiempo, confirma esa sentencia, pues sostiene que un colombiano con dos millones de pesos (lo que equivale a 1.540 dólares en paridad del poder adquisitivo) es rico.

Si le preguntan a un ciudadano que gane esa cifra, nunca se considerará rico, a pesar de lo que diga el pomposo organismo internacional.

Pero las cifras son todavía más preocupantes.

Personas con ingresos superiores a dos millones solo representan el 2,5 por ciento de la población, lo que significa que somos un país de pobres, ya que el 97,5 por ciento tiene ingresos inferiores a esa cifra, que nadie considera como un signo de riqueza. Si miramos los ricos ricos –más de mil millones de dólares–, Colombia sale también mal clasificada, puesto que solo cuenta con cuatro.

Con más de 30 millones de dólares hay 690 colombianos, y nos superan en número países como Brasil, México, Chile e incluso Perú.

Pero, en Colombia, seguimos insistiendo en que hay demasiados ricos, lo que no es estadísticamente cierto. Lo que hay es ausencia de ricos, en otras palabras, hay abundancia de pobres.

Solo 32.000 contribuyentes pagan el impuesto al patrimonio, lo que significa que tienen más de 1.000 millones de pesos (unos 550 mil dólares).

Pero lo más preocupante es que solo 328 mil hogares, en toda Colombia, tienen vivienda clasificada en los estratos 5 y 6. Eso no indica que sus niveles de ingreso líquido sean correspondientes, lo que ratifica la dificultad que muchos tienen para asumir los pagos de los crecientes niveles de tributación directa e indirecta, tanto nacional como local.

El debate no es, entonces, cómo reducir el número de ricos, sino cómo aumentar su cantidad. La última reforma tributaria fue particularmente dura con las clases medias y favoreció a los más ricos, lo que no resulta ni lógico ni equitativo. Penalizamos a los que, con su esfuerzo y trabajo, han logrado alejarse con dificultad de la pobreza. Pareciera como si no quisiéramos que progresaran.

Seguir castigando sus ingresos, mientras se mantiene una estructura tributaria anacrónica y obsoleta, es la mejor forma de frenar la consolidación de la clase media.

En el fondo, este es un asunto de poder político. Los ricos tienen capacidad de acceder a las altas esferas del Estado y tienen los recursos que les permiten defender sus intereses.

Las clases más pobres son utilizadas con fines electorales, lo que les garantiza subsidios y una baja presión fiscal.

La clase media, compuesta por los empleados del sector formal, en cambio, está en el peor de los mundos.

No tiene suficiente poder económico para ser escuchada por las altas esferas del poder y no es atractiva para los políticos clientelistas. Nadie defiende sus intereses y, por ello, es la más castigada en todos los escenarios, especialmente en el tributario y los servicios públicos.

Miguel Gómez Martínez

Profesor del Cesa

representante@miguelgomezmartinez.com

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