Miguel Gómez Martínez

La palabra maldita

Miguel Gómez Martínez
Opinión
POR:
Miguel Gómez Martínez
febrero 04 de 2015
2015-02-04 03:11 a.m.
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España, Italia, Portugal, Suiza, Bélgica, Bulgaria, Dinamarca, Grecia, Irlanda, Israel, Luxemburgo, Chequia, Suecia, Polonia y Eslovaquia son algunos de los países donde el índice de precios al consumidor fue negativo en el 2014. La palabra maldita cada vez se pronuncia con mayor frecuencia: deflación. Si a este grupo adicionamos los que tuvieron inflación por debajo del 1 por ciento (Alemania, Reino Unido, Francia, Holanda, Austria, Estados Unidos, Finlandia, Islandia, Nueva Zelanda y Rumania), el panorama es realmente preocupante.

La caída de los precios es un indicador caprichoso. Puede ser sinónimo de la madurez del ciclo de un producto. En el mediano plazo, las mejoras en la productividad sumadas a las economías de escala tienden a reducir el precio relativo de los bienes. Es el caso de los computadores, los electrodomésticos y tantos otros bienes que eran costosos hace algunos años y ahora son accesibles.

Pero esto no es lo que está sucediendo en buena parte del mundo. La caída de los precios es el resultado de una débil demanda que acompaña los procesos recesivos. No es entonces de extrañar que la mayoría de los países en deflación sean europeos. El ejemplo de Japón, con una interminable recesión de quince años, es un terrible presagio para los europeos que siguen sin encontrar una salida a sus problemas de crecimiento y empleo.

La deflación actual asusta porque todavía no se han incorporado plenamente la fuerte caída de los precios del petróleo y de la mayoría de las materias primas. El efecto de la nueva estructura de precios sobre los costos de la economía será el de mantener la tendencia a la deflación. Pero el problema mayor es que los instrumentos de política económica para frenar la caída de los precios son, en la actualidad, inoperantes. Las tasas de interés están en cero, los volúmenes de liquidez no tienen precedente en la historia monetaria. La deflación es como el cáncer, que tiene paliativos, pero no tiene cura. Los precios negativos llevan, más temprano que tarde, a la recesión.

Los bancos centrales han hecho todo lo posible por evitar este escenario sin lograrlo. La esperanza de que un euro débil estimularía las exportaciones europeas y frenaría la deflación es una ilusión, pues el problema europeo es de productividad y competitividad asociado a su crisis demográfica.

Además, China crecerá menos vigorosamente a medida que se contagia el fenómeno deflacionario.

Los países emergentes sentirán de lleno el efecto de la caída de los precios de las materias primas que generará un deterioro de sus términos de intercambio.

Hemos sido formados en el miedo a la inflación. Países como Venezuela (+63,6 %), Egipto (+47 %), Ucrania (+25 %) o Argentina (+24 %) tienen el problema contrario. Pero luchar contra la inflación es algo que los Bancos Centrales responsables han aprendido a hacer. Basta un gobierno serio y una política monetaria dispuesta a resistir el costo político del ajuste. En cambio la deflación es como la hipotermia; produce una lenta parálisis acompañada de una somnolencia hasta que el paciente fallece por las fallas de los órganos vitales.

Tal vez la mejor prueba de lo asustados que están los mercados es el comportamiento errático de las curvas de las tasas de interés. El pánico cunde.

Miguel Gómez Martínez
Profesor del CESA
migomahu@hotmail.com
 

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