Miguel Gómez Martínez

La paz no tiene precio

Miguel Gómez Martínez
POR:
Miguel Gómez Martínez
abril 09 de 2013
2013-04-09 11:57 p.m.
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“La paz no tiene precio”. “Nada es más importante que la paz”.

“La paz es un buen negocio”. Nada es más cierto que estas populares afirmaciones que hemos escuchado, sin cesar, en las últimas semanas. Si la paz ahorra una vida, así sea solo una, es un triunfo espectacular.

La vida de un inocente vale más que cualquier otro activo del sistema económico. ¡Viva la paz, marchemos por la paz!

El precio es un valor relativo. La formación de precios es un fenómeno complejo. La estructura de costos, las economías de escala, el tamaño y las características de los mercados y la calidad de la logística son algunos de los determinantes del precio.

Como consumidores, estamos dispuestos a comprar bienes que no necesitamos si su precio es bajo. Al mismo tiempo, compramos bienes cuyo precio es elevado, pero que satisfacen nuestros deseos de marca o de imitación de los patrones de consumo de la mayoría. La moda es el reflejo de esas facetas irracionales del comportamiento del consumidor.

La paz no tiene precio, pero sí costo. A diferencia del precio, que es un concepto relativo, el costo es un criterio objetivo. Ponerle precio a la paz no tiene sentido, porque estamos dispuestos a todo por obtener el bien social supremo. Lo que no nos impide ver el costo de este proceso.

Al Gobierno no le interesa que se plantee el tema en términos de costo, pues ello pone a los ciudadanos a pensar.

Es preferible hablar de precios, ya que sabe que la presión sentimental hará que, sin importar las variables objetivas, todos prefieran pagar cualquier precio sin importar los costos implícitos.

Si logramos un acuerdo de paz en La Habana, habrá costos que serán asumidos por la economía colombiana. Como no sabemos la naturaleza de los acuerdos alcanzados hasta el momento, es imposible calibrar los costos que podrían implicar las negociaciones.

Pero reintegrar a los violentos, redistribuir tierras, financiar campañas, ofrecer empleos y garantizar ingresos a los terroristas que dejen las armas, exigirá recursos públicos.

Si se negocian reformas profundas de nuestra estructura económica, también tendrán costos para el erario público y los empresarios.

Si se prohíbe la inversión extranjera en ciertos sectores como la minería o los hidrocarburos, será necesario obtener ingresos para esos sectores, que serían desviados de otras actividades.

Si se gravan ciertas actividades consideradas ‘antipatrióticas’ por la guerrilla, habrá un menor crecimiento económico que se reflejará en mayor desempleo.

Si hay más gasto público, se genera más inflación, o más impuestos, o más deuda.

Todo lo anterior significa impacto económico, que deberá ser asumido por los ciudadanos y, por lo tanto, no es neutro.

Si gastamos en estos objetivos, no contaremos con recursos para otras actividades como mejorar la educación, las infraestructuras o la administración de justicia. Será necesario asumir, entonces, el costo de oportunidad.

La paz no tiene precio, pero tiene costo. Es hora de que los colombianos dejemos de pensar, como muchos nos quieren hacer creer, que es gratis.

Miguel Gómez Martínez

Profesor del Cesa

Representante@miguelgomezmartinez.com

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