Miguel Gómez Martínez

Peras al olmo

Miguel Gómez Martínez
POR:
Miguel Gómez Martínez
julio 10 de 2013
2013-07-10 12:22 a.m.
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Los hechos recientes acontecidos en Egipto son el duro recordatorio de una triste verdad: la democracia no es un sistema de gobierno natural al hombre.

Ya lo afirmaban los griegos que consideraban que si existiese un pueblo de dioses se gobernaría democráticamente. Por ello la lucha siempre desigual entre la democracia y los demás modelos imperfectos, todos ellos de carácter autoritario.

Egipto es un excelente ejemplo de esta realidad. Nunca ha sido gobernado democráticamente.

No lo fue en su pasado glorioso cuando los faraones decidían la suerte de los seres humanos con un gesto. No lo fue cuando el Islam lo dominó y evolucionó de formas diversas de teocracias dominadas por los imanes. Tampoco lo fue en su decadente serie de monarcas, el más caricaturesco de todos el último de ellos Farouk, que fue derrocado por el coronel Nasser.

La revolución nacionalista no trajo libertad, pues, al entusiasmo inicial se sucedieron otros dictadores como Anouar El Sadat y, luego de su asesinato por los extremistas musulmanes, Hosni Moubarak. Los ‘hermanos musulmanes’, grupo político integrista, lograron elegir, gracias a la división de los laicos, al recientemente derrocado Mohamad Morsi.

Rápido fue el desencanto de la población, que no vio recompensada su esperanza de un gobierno de libertad. Las nuevas protestas populares tienen al país al borde de una guerra civil en la que los militares juegan, como ha sido siempre, un rol fundamental.

Deberían los hechos de Egipto plantearnos varios interrogantes.

¿Hay pueblos refractarios a la democracia? ¿Existe un nivel mínimo de progreso que faculta el desarrollo de las ideas de libertad? ¿Hay pueblos que no pueden ser gobernados democráticamente? Todas estas preguntas deberían responderse de forma negativa. No existen pueblos que no deseen la libertad. Pero la terquedad de los hechos no debe permitirnos caer en simplismos.

La democracia requiere un aprendizaje que no es rápido ni fácil. La historia condiciona estos procesos, y hay hechos que tienen una gran influencia en el desarrollo institucional. Por ejemplo, los alemanes tienen un profundo rechazo a las formas de extremismos por la huella que significa el nazismo en su historia reciente.

Algo similar acontece con los españoles y su regionalismo, después de siglos de centralismo madrilista acentuado por el franquismo. En Colombia, por el trauma que nos ha producido la guerrilla, preferimos la seguridad a la libertad y valoramos el orden que nunca hemos tenido.

Es necesario aprender y cultivar la democracia. Requiere desarrollar un espíritu de tolerancia y respeto por la ley. Exige que las instituciones sean legítimas y libres de corrupción.

Es impensable sin una clase política que pueda realmente representar a sus electores y que fije los derroteros de la sociedad en su conjunto. Nada de ello se improvisa en un año. Por ello no debe sorprendernos que los egipcios hayan fracasado en su primer intento. No se le pueden pedir peras al olmo. Pero, a la luz de lo que sucede en El Cairo, debemos interrogarnos si nuestra democracia resistiría un movimiento de indignados.

Miguel Gómez Martínez

Profesor del Cesa

 representante@miguelgomezmartinez.com

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