Miguel Gómez Martínez

Los próximos alcaldes

Miguel Gómez Martínez
Opinión
POR:
Miguel Gómez Martínez
octubre 21 de 2015
2015-10-21 03:50 a.m.
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Desde la Grecia Antigua, la política es un asunto de ciudadanos. En otras palabras, de los habitantes de la ciudad. La responsabilidad primaria de todo ciudadano es, antes que cualquier otra cosa, la de preocuparse por los temas de la vida cotidiana, en los cuales los asuntos de su metrópoli son los más directos.

El próximo 25 de octubre hay elecciones, y muchos preferirán ir a sus fincas, otros salir al almorzar en los alrededores, y algunos simplemente perecear en cama hasta tarde, y después ver películas. Luego, pasarán cuatro años quejándose de todo lo malo que sucede en su vida cotidiana, sin darse cuenta ni aceptar que ellos son también culpables del desgreño, la corrupción y la falta de obras que mejoren su calidad de vida.

El Gobierno, como lo manifestó el Ministro de Interior, en abierta violación de la ley, quiere convertir estos comicios en un plebiscito por su estrategia de paz. Como las encuestas no lo favorecen en este tema, quiere interpretar el resultado de las territoriales como un respaldo a lo logrado en La Habana.

Los votantes deberían evitar desviar su atención del objetivo de elegir buenos alcaldes, concejales, gobernadores y diputados. Los ciudadanos tienen que entender que su calidad de vida depende de la escogencia de personas idóneas y honestas, que le impriman, durante cuatro años, el dinamismo que permite corregir los problemas e implementar políticas eficaces en materia de seguridad, movilidad, infraestructura, educación y salud.

Los recursos que tendrán los alcaldes de las principales ciudades es importante. En Bogotá, será de más 17,3 billones; Medellín, 4,1 billones; Cali, 2,5 billones, y Barranquilla, 2,2 billones. Bien administrados y multiplicados por los cuatro años de gobierno, es mucho dinero. Si se adicionan los programas del Gobierno Central, del Sistema General de Participaciones y el Fondo General de Regalías, los presupuestos son elevados. Los bogotanos sabemos que, en manos de administraciones ineptas y sin experiencia, el dinero termina en los bancos, por la incapacidad de realizar la ejecución presupuestal. Lo fácil es crear burocracia innecesaria y costosa, como la que abunda por las dependencias y calles de la capital.

Ciudades como Medellín, y más recientemente Barranquilla, que han tenido mejores administraciones locales, disfrutan hoy de un evidente progreso. Es el resultado de haber elegido personas con compromiso y capacidad de administrar lo público.

El populismo es un mal que gana espacio en nuestra vida política. Desde las más altas esferas del poder hasta los municipios más pequeños, hay políticos dispuestos a proponer políticas públicas absurdas e irresponsables. No les importa su sostenibilidad ni su racionalidad financiera. Solo les interesan los réditos políticos de corto plazo. La mermelada, esa descarada repartija de los impuestos de los ciudadanos, viene acompañada de verdaderas mafias de la contratación, que derivan en carruseles que no solo existen en Bogotá.

Algunos dirán que votar no cambia nada, otros que un voto más o menos no hace diferencia, y están los que afirman que todos los políticos son iguales. Se equivocan, porque el peor mal de toda democracia es un ciudadano cínico e indolente que no asume, por comodidad y pereza, su deber y responsabilidad.

Miguel Gómez M.

Asesor económico y empresarial

migomahu@hotmail.com

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