Miguel Gómez Martínez

Rayos y centellas

Miguel Gómez Martínez
POR:
Miguel Gómez Martínez
septiembre 07 de 2011
2011-09-07 01:08 a.m.
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Que me caigan rayos y centellas, pero yo sí creo que existe un espacio en Colombia para una universidad con ánimo de lucro. Siempre me pareció extraño el sólido acuerdo de los rectores de universidades públicas y privadas para frenar el proyecto de reforma que presentó la ministra de Educación, María Fernanda Campo.

En general, no me gustan los consensos porque siempre ocultan algún interés que nadie se atreve a confesar, y porque tienden a ser acuerdos sobre mínimos mediocres y no sobre grandes proyectos.

 

No veo bien por qué, si una entidad universitaria ofrece una educación de calidad, paga bien a sus profesores, invierte en investigación aplicada, establece vínculos con los sectores productivos y mejora el nivel académico profesional, no puede obtener una ganancia.

El problema no es el lucro, sino la ausencia de mecanismos de control que permitan que ese tipo de entidades ofrezcan un servicio educativo de calidad. El problema no es la utilidad, sino el Gobierno.

Si el sistema universitario colombiano fuese bueno podría entender el consenso proteccionista. Pero el estado actual de la universidad en en el país –pública y privada– no es satisfactorio.

Ni una de ellas –pública ni privada– está en la clasificación de las primeras 400 universidades del mundo. Lo que amenaza a la universidad no es el afán de lucro, sino su baja calidad comparativa. Rasgarse las vestiduras y afirmar que la introducción del espíritu empresarial en el mundo educativo es un riesgo para la educación superior no tiene mayores soportes fácticos.

Es una posición antiacadémica que busca proteger un mercado consolidado y restringir la competencia.

Los males de la universidad pública, dentro de los cuales hay que señalar la mediocridad de sus profesores que publican refritos, el espíritu sindical de sus decanos más preocupados en proteger sus señoríos feudales que en modernizar la enseñanza y de rectores cobijados por el inmovilismo, no garantiza que el trabajo académico pueda algún día ser de nivel internacional.

En el sector privado, a pesar de los meritorios avances registrados en los últimos años en materia de internacionalización de currículos e inversión en tecnología, estamos lejos de tener entidades que sean verdaderos agentes de modernización social y mejoramiento de la competitividad de nuestra economía.

No es cierto que sólo la universidad pública favorezca la equidad social. Tampoco es cierto que muchas universidades privadas sean verdaderos entes sin ánimo de lucro.

Lástima que el Gobierno hubiese cedido a las presiones de muchos de los que tienen postrada a la educación superior. Triste haber archivado este proyecto que sin duda podía haber sido mejorado sin abrir el verdadero debate sobre la universidad. Se perdió la oportunidad de analizar cómo convertimos la universidad, que hoy es un problema nacional, en una de las claves de la solución nacional.

Pero parece que el enorme consenso político que representa la Unidad Nacional no sirve para realizar las grandes reformas que el país necesita –como por ejemplo, la educativa– sino para frenarlas.

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