Miguel Gómez Martínez

Regalo de Navidad

Miguel Gómez Martínez
Opinión
POR:
Miguel Gómez Martínez
noviembre 26 de 2014
2014-11-26 04:22 a.m.
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La nueva reforma tributaria entra en su fase final. Como sucede casi cada año cuando se presenta la nueva propuesta de impuestos, sabemos que el texto que será aprobado es el que desea el Gobierno. En el Congreso nadie sabe de impuestos y muy pocos conocen los retos que enfrentan los empresarios en el mundo real. A cambio de jugosas partidas presupuestales, los congresistas aprobarán lo que el Ministro de Hacienda les indique. Lo importante es que queden bien registrados los cupos que cada parlamentario habrá previamente negociado con los representantes del Gobierno que se pasean por las comisiones.

Los ciudadanos y empresarios no tienen nada que decir en este negocio de las finanzas públicas. Las observaciones de los representantes del sector privado serán escuchadas y solo quedarán en la ley si no reducen los ingresos fiscales que el Gobierno necesita desesperadamente para intentar cerrar el déficit de 12,5 billones con el que se encontró después del triunfo electoral. Por lo que se sabe, viene un fuerte apretón a los mismos de siempre: las empresas y las clases medias y altas. El regalo vendrá envuelto en un discurso demagógico, reafirmando que solo los ricos deberán chillar cuando se sienten cerca del árbol navideño a hacer cuentas sobre el costo del regalito de fin de año.

Ni una palabra se escucha sobre austeridad en el gasto o mejoría en los indicadores de la calidad del mismo. El Estado, como un obeso, se ha acostumbrado a que le den de comer cada año mayores cantidades de impuestos. Pero lo más grave es que los problemas estructurales de la economía no quedarán resueltos con esta reforma. El explosivo tema pensional, el crónico desfinanciamiento de la salud, el hueco de las universidades públicas o la obsolescencia del sistema judicial no se resolverán con los nuevos ingresos. En muchos casos, los nuevos recursos serán para asumir partidas recurrentes y en otros para compromisos que ya fueron adquiridos.

Mientras tanto, en La Habana sigue subiendo el costo de la negociación sin que nadie se atreva a preguntar a cuánto asciende la suma en cuestión. Dado que la paz está más cerca que nunca y que es el mejor negocio que puede hacer la sociedad colombiana, no resulta elegante hablar de números. Cualquier estimativo al respecto carece de validez, puesto que nadie, ni el DNP ni Hacienda están interesados en que se abra ese debate tan incómodo. En una señal de máxima irresponsabilidad fiscal, los gremios, la Contraloría, el FMI, los prestamistas internacionales, las universidades y los centros de investigación económica se abstienen de exigir respuestas concretas para no ser tildados de enemigos de la paz. Algunos esperan que la Europa quebrada pondrá el dinero necesario para la paz. Otros creen que los años del posconflicto serán tan buenos que sobrarán ríos de miel.

Desde aquí seguiremos insistiendo en la importancia de un Estado pequeño y eficiente, que solucione problemas en lugar de convivir con ellos, que no comprometa recursos que no tenga, que vigile la calidad y transparencia del gasto. Pero recordar los principios fiscales del buen gobierno no parece estar de moda.

Miguel Gómez Martínez

Profesor del Cesa

migomahu@hotmail.com


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