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Loterías suicidas

No tiene ningún sentido desde un punto de vista de eficiencia promover la competencia e igualdad de oportunidades usando un mecanismo aleatorio.

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junio 07 de 2017
2017-06-07 10:57 p.m.
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Por algunos años he tenido la afición de recopilar algunos de los mecanismos de asignación de recursos más absurdos que existen o han existido en Colombia.
Finalmente, después de leer una nota del profesor Rakesh Vohra sobre una lotería suicida, mencionada en la novela de Marcus Clarke’s, For The Term of His Natural Life, caí en cuenta momentáneamente que, a pesar de todo, los colombianos quizás no estamos tan locos.

Dice el mito, estudiado con detalle por Tim Causer en Norfolk Island’s ‘suicide lotterie’s: myth and reality, que a mediados del siglo XIX, las condiciones carcelarias de la isla Norfolk, cerca a Australia, eran tan dramáticas, que algunos convictos entraban en juegos extremos con el ánimo de ganarse la esperanza de aliviar el sufrimiento. En este juego, tres convictos elegían cada uno un palito entre tres, parcialmente cubiertos y aparentemente, de la misma longitud. Aquel que eligiera el más largo era la víctima, el segundo con el palito más largo era el victimario y el último el testigo. El trato era que el victimario le cortaba la cabeza a la víctima y los dos sobrevivientes del juego enfrentaban un posible juicio en una corte en Sydney, ganándose así una ligera posibilidad de, eventualmente, escapar. Mito o realidad, este juego es un ejemplo perfecto de un mecanismo aleatorio para asignar un servicio (¡y disfrutar de él!), el del victimario.

Menos espectacular, pero igualmente aleatorio, es la forma como algunas empresas públicas y privadas en Colombia contratan servicios, realizan licitaciones o en general, asignan algunos recursos. No es mérito exclusivo de los colombianos, pero algunos mecanismos de asignación de recursos en nuestro país son dignos de poner a competir en cualquier concurso de creaciones absurdas. No quiero sacar a relucir ningún victimario, solamente señalar que los he visto en práctica en algunas licitaciones públicas de infraestructura, del espectro electromagnético, contratación de servicios, y compra y venta de productos en mercados organizados. Las víctimas, por supuesto, somos todos los colombianos que pagamos el costo hundido de las ineficiencias del Estado, empresas y/o nuestra forma de organización económica.

Una compañía en Bogotá licitó o licita la prestación de un servicio utilizando el mecanismo que describo a continuación (y estoy simplificando). Hasta una fecha límite, los interesados envían en sobre cerrado su oferta económica para la prestación del servicio (hasta ahí bien). Cuarenta días más tarde se registran los dos primeros decimales con los que cierra la tasa representativa del mercado (TRM). Estos dos números se utilizan para elegir uno de cinco mecanismos de acuerdo a la siguiente regla: el primer mecanismo, si los dos dígitos son menores que 20, el segundo, si son mayores que 20 y menores que 40, y así sucesivamente. Cada mecanismo determina un precio de referencia. Por ejemplo, en el primer mecanismo el precio de referencia es la menor oferta, en el segundo la mitad de la suma de la menor oferta más el promedio de todas las ofertas, en el tercero es la media geométrica de las ofertas y así, variaciones aberrantes de los mismos. El ganador de la licitación es aquel que más se aproxime por debajo al precio de referencia del mecanismo seleccionado.

Otra empresa en Bogotá y algunas licitaciones públicas de infraestructura en Colombia, y en otras partes del mundo como en Italia, China, Chile, Perú, y Taiwán, por ejemplo, hacen algo un poco menos demencial que lo anteriormente descrito. Los agentes ofertan y se calcula un precio de referencia como la media geométrica o la media aritmética. El ganador es aquel que más se aproxima por debajo al precio de referencia. Este mecanismo tiene una motivación económicamente razonable y es la de eliminar a los participantes con ofertas demasiado bajas, ya que estas son señales de baja calidad, o incertidumbre sobre las verdaderas capacidades de cumplir con sus obligaciones. Es, sin embargo, una pésima forma de atacar ese problema y un mecanismo socialmente ineficiente (no gana el de menor costo). Peor aún, en el mejor de los casos (cuando los participantes son racionales en el sentido de la teoría de juegos), los equilibrios son el resultado de ofertas estratégicas aleatorias o concentradas en el precio de reserva. Para rematar, alguna vez oí decir, como justificación, que, como era una forma casi aleatoria de asignar un bien o contratar un servicio, era un buen mecanismo para garantizar que empresas pequeñas interesadas, en este caso, en adquirir parte del espectro electromagnético, también tuvieran oportunidad de ganar en la licitación. Esto es como hacer dos equipos de fútbol en el recreo del colegio, usando el orden alfabético de los alumnos. No tiene ningún sentido desde un punto de vista de eficiencia, o de bienestar social, promover la competencia e igualdad de oportunidades usando un mecanismo aleatorio.

Es una pena que, después de, más o menos, 70 años de fundada la teoría de juegos, progenitora de la teoría de subastas, quizás el logro más grande de la teoría económica, y de varios premios nobel, otorgados por el desarrollo de la teoría de diseño de mecanismos, sigamos asignando bienes y servicios de forma suicida.

Álvaro J. Riascos Villegas
Profesor, Facultad Economía, Universidad de los Andes.

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