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Élites miopes son culpables del ascenso de Donald Trump

Una república saludable requiere un grado de
empatía mutua más que igualdad.

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mayo 20 de 2016
2016-05-20 05:58 p.m.
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Donald Trump será el candidato republicano a la presidencia. E incluso pudiera llegar a ser presidente de EE. UU. Es difícil exagerar la importancia y el peligro de este acontecimiento. EE. UU. fue el bastión de la democracia y la libertad durante el siglo XX. Si se eligiera a Trump como presidente -un hombre con actitudes fascistas hacia la gente y hacia el poder- el mundo sufriría una significativa transformación.

Trump es misógino, racista y xenófobo. Se vanagloria de su propia ignorancia e incoherencia. La verdad es lo que él encuentre conveniente. Sus ideas políticas son absurdas, cuando no son atroces.

Sin embargo, sus actitudes e ideas son menos inquietantes que su personalidad: él es un narcisista, un abusador y un esparcidor de teorías conspirativas.

Es aterrador considerar cómo un hombre como él utilizaría los poderes a disposición del presidente.

Andrew Sullivan, el comentarista conservador, recientemente escribió: “En términos de nuestra democracia liberal y del orden constitucional, Trump es un evento ligado a la extinción”. Tiene razón.

Para el presidente Trump pudiera resultar sorprendentemente fácil encontrar a personas dispuestas a ejecutar las órdenes tiránicas u obligar a quienes se rehúsan a hacerlo. Mediante la exageración de las crisis, o a través de crearlas, un aspirante a déspota puede pervertir los sistemas judiciales y políticos.

Los presidentes de Rusia y Turquía representan ejemplos magistrales. EE. UU. tiene un orden constitucional arraigado. Pero incluso éste pudiera flaquear, sobre todo si el presidente contara con un apoyo a prueba de juicio político por parte del Congreso.

Sullivan evoca a Platón, el más grande de los filósofos antidemocráticos, en busca de ayuda. Él nos recuerda que Platón creía que mientras más igualitaria fuera una sociedad, menos estaría dispuesta a aceptar la autoridad.

Su lugar lo ocuparía el demagogo que ofrece soluciones sencillas para problemas complejos.

Trump es el flautista de Hamelín al que siguen los enfurecidos y los resentidos. Sullivan argumenta que Trump ha ascendido como el hombre que va a “enfrentar a las cada vez más despreciadas élites”. Además, la revolución de los medios de comunicación ha facilitado este ascenso borrando “casi cualquier moderación o control de las élites de nuestro discurso democrático”.

La demagogia es, de hecho, un talón de Aquiles de la democracia. Sin embargo, la democracia ateniense, en la que Platón vivió, no terminó en una tiranía doméstica sino que más bien nació de una. Al final, el rey de Macedonia puso fin a la democracia en 338 a. de C.

Más que nada, el Sr. Sullivan subestima el papel de las élites. En el caso de EE. UU., sostiene que la riqueza no puede comprar la presidencia.

Obama venció Romney, por ejemplo. Pero el dinero compra influencia en los niveles más bajos de la política. Más importante aún, las élites dan forma a la economía y a la sociedad. Si una parte de la gente está enfurecida, las élites son responsables.

El apego ‘justo’ de los demócratas a los derechos de las mujeres y, aún más, a la causa de las minorías - definidas por la raza, la orientación sexual y la identidad- transfirió la lealtad de las clases medias blancas del sexo masculino, sobre todo en el viejo sur, a los republicanos. El elemento racial en el “síndrome de locura anti Obama” es bastante claro.

Posteriormente los republicanos les sirvieron a estos partidarios un “gato por liebre”. Los republicanos necesitaban estos votos para lo que más deseaban sus donantes: impuestos bajos, regulaciones débiles, libre comercio e inmigración liberal.

Para convertir estas causas en metas del partido republicano, las élites tuvieron que convertir al gobierno en su enemigo. También tuvieron que seducir a los partidarios culturalmente conservadores con promesas de cambio que nunca tuvieron una posibilidad real de que se cumplieran.

Además, las élites de ambos partidos promovieron cambios económicos que terminaron por destruir la confianza en su competencia y en su probidad. En este sentido, la crisis financiera y los consiguientes rescates fueron decisivos.

Sin embargo, para entonces las clases medias ya habían sufrido décadas de estancamiento del ingreso real y una disminución en el ingreso relativo.

La globalización ha representado enormes beneficios para muchos de los pobres del mundo. Pero hubo una cantidad significativa de perdedores dentro de EE. UU. Hoy en día, estos últimos creen que los que manejan la economía y la política los empobrecen, los explotan y los desprecian.

Incluso las élites republicanas se han convertido en su enemigo y Trump se ha convertido en su salvador. No es de extrañar que él sea un multimillonario. César, el líder aristocrático del partido popular, creó el “cesarismo”, el ejercicio del poder por parte de un carismático ‘hombre fuerte’ que Trump quiere ser.

Una república saludable no requiere igualdad. Pero sí requiere un cierto grado de empatía mutua. Una súbita riqueza proveniente de nuevas actividades -como de las conquistas de la antigua Roma, o de la banca en la Florencia medieval- puede corroer los lazos sociales. Si la virtud cívica desaparece, una república se vuelve propensa a la destrucción.

Los cambios económicos, sociales y políticos han llevado a EE. UU. hasta el punto en el que una parte significativa de la población desea tener en el poder a un ‘hombre fuerte’.

El hecho de que su base de electores haya preferido a Trump en vez de a Ted Cruz, y a Cruz en vez de a todos los demás, debe ser aleccionador para las élites republicanas.

La élite del partido participó en juegos populistas, particularmente en su firme negativa a cooperar con el presidente. Aquellos que son mejores en este tipo de juegos los han derrotado.

Trump se da cuenta de que sus seguidores no tienen ningún interés en el estado limitado tan venerado por los conservadores. Su deseo es más bien el restablecimiento del perdido estatus económico, racial y sexual. Su respuesta es prometer recortes de impuestos masivos, un gasto sostenido y una reducción de la deuda. Pero él no necesita consistencia lógica. Eso es para los despreciados “medios de comunicación irrelevantes”.

Hillary Clinton es una candidata débil -seriamente afectada por las fallas de su esposo y por su posición dentro del poder establecido- y corta en talento político.

Ella debería ganar, pero puede que no sea así. Incluso si llegara a ganar, este no sería el final de esta historia.

Trump ha generado nuevas posibilidades políticas. Pero no es principalmente un exceso de democracia lo que ha llevado a EE.UU. a este punto. Más bien se debe a los fallos de las élites miopes.

Parte de lo que ha sucedido era correcto y, por lo tanto, no debería haberse evitado. Sin embargo, una gran parte pudiera haberlo sido. Las élites, especialmente las élites republicanas, avivaron este fuego. Será difícil extinguir las llamas.

Martin Wolf
Columnista del Financial Times

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