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El sultán está creando una democracia iliberal

Turquía es uno de los países emergentes más importantes del mundo. Pero su presidente, Recep Tayyip Erdogan, ha asumido tendencias autoritarias.

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julio 13 de 2016
2016-07-13 10:44 p.m.
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El pasado 28 de junio, tres insurgentes armados atacaron el aeropuerto de Estambul con rifles de asalto y bombas. Cuarenta y cuatro personas murieron en la masacre, que se cree fue obra del grupo extremista Estado Islámico (o Daesh). Las imágenes del ataque fueron rápidamente conocidas en todo el mundo. Esta es la tercera arremetida ocurrido en el 2016 en la vieja capital del Imperio Otomano. Un factor que habla de la importancia de Turquía en el mundo tanto para bien como para mal.

Turquía es una de las economías emergentes más importantes del mundo. Después de llegar al poder en el 2002, Recep Tayyip Erdogan, y su Partido Justicia y Desarrollo (AKP), logró acercar el país a la Unión Europea a través de reformas sociales y económicas que hacían factible una posible adhesión. El AKP, de orientación conservadora e islámica (pero no islamista), ha implementado cambios importantes incluyendo una disminución de la influencia tradicional del ejército, un clima de libertad y mejoras en la calidad de vida de los kurdos (18 por ciento de la población).

No obstante, en los últimos cuatro años Erdogan ha asumido tendencias cada vez más autoritarias. Se evidenció en el 2014, cuando construyó un palacio enorme, símbolo de su poder, que algunos compararon como una sede de los sultanes otomanos. Sin importar los costos, Erdogan manifestó su intención de establecer “una nueva Turquía”, cambiando la Constitución y modificando el régimen político de parlamentarios a uno presidencialista. Su objetivo es claro: tener al país bajo su mando. Adicionalmente, Erdogan no recibe bien las discrepancias en su propio partido. Recientemente, tras un enfrentamiento con el primer ministro Ahmet Davutoglu, sobre el cambio del régimen político, este fue reemplazado por Binali Yildirim, quien no tiene mayores intenciones de asumir el poder de su cargo y, por ende, es percibido por el presidente como alguien más leal. Erdogan no quiere cerca a nadie con ambiciones al poder, pues hay un solo líder, él mismo.

Otro aspecto que se ha visto comprometido bajo el gobierno de Erdogan es la libertad de prensa y de expresión. Usando como pretexto los doce ataques terroristas sucedidos en el último año, el mandatario ha impuesto restricciones a los medios de comunicación e incluso a las redes sociales como Youtube y Twitter. Periodistas críticos del régimen, como el reconocido redactor jefe, Can Dündar, del periódico Cumhuriyet, han sido encarcelados por supuestamente apoyar el terrorismo en Turquía. Adicionalmente, más de 1.000 académicos e intelectuales turcos tienen ahora procesos judiciales abiertos por haber firmado una declaración de paz con el prohibido Partido de los Trabajadores de Kurdistán (PKK). Erdogan los acusó de tener cercanía al terrorismo kurdo y los llamó traidores de “sangre contaminada” por hablar mal del país.

Los recientes desarrollos en las elecciones de junio del 2015, con la minoría kurda, tampoco fueron del agrado de jefe de Estado. En ese momento, el Partido Democrático de los Pueblos (HDP), de orientación prokurda, obtuvo 13 por ciento de los votos, 3 por ciento por encima del porcentaje necesario para obtener curules en la Cámara. Este resultado enfureció al presidente y, en consecuencia, llamó nuevamente a elecciones en noviembre a fin de asegurar la mayoría en el parlamento para el AKP. Como retaliación contra el HDP, Erdogan acusó al partido de ser cómplice del terrorismo, y quiere retirar la inmunidad a los diputados prokurdos por su supuesta “cercanía” al PKK. Todas estas acciones van claramente en contra de los estándares democráticos.

El control total de su país no es suficiente para Erdogan. Últimamente, la relación con Alemania evidencia su tendencia dictatorial. En abril pasado, cuando un humorista alemán se burló del presidente turco en un show de la televisión nacional alemana, Erdogan se sintió atacado y decidió usar un artículo muy viejo del código penal alemán (empleado en el siglo XIX para proteger al káiser) para iniciar un proceso judicial en Alemania. Así mismo, a comienzos de junio, el parlamento alemán condenó el ‘genocidio’ armenio a manos del imperio otomano. Según Erdogan, esta decisión es un “abuso político” y puso en duda las raíces turcas de aquellos parlamentarios alemanes de origen turco, quienes ahora reciben amenazas de muerte.

Erdogan actúa como un sultán déspota. Quiere una Turquía que se adapte a la horma de su propio zapato, y a una comunidad internacional complaciente que le dé el lugar que él considera apropiado. Con una actitud cada vez más arrogante, va eliminando las críticas en su contra, dentro y fuera del país. Los ataques terroristas en su país no van a detenerlo, pero son la excusa perfecta para acceder a más poder.

Johannes Langer
Miembro de Redintercol

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