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La educación técnica reclama su estatus

Al menos para el Mineducación, la formación para el trabajo era inferior a la universitaria. Los países desarrollados saben que no es así. 

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julio 05 de 2016
2016-07-05 06:31 p.m.
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Recientemente se puso en marcha el Sistema Nacional de Educación Terciaria (Snet), que busca igualar la formación técnica y universitaria en Colombia. Mientras los expertos se preguntan cómo se desarrollará tal política, los profesionales se cuestionan para qué cursaron una carrera de 5 años, si un técnico podrá ganar lo mismo.

Además de errada, la idea de que un profesional supera a un técnico es común. Pero Colombia necesita técnicos, y esa creencia ha generado que no se produzcan los suficientes.

Por ejemplo, en Risaralda, según el Observatorio Laboral del Sena, los oficios con más demanda son: vigilantes de seguridad, vendedores de mostrador y profesores de secundaria. Pero recientemente esa entidad ofreció allí solo programas agrícolas.

Tal desigualdad responde al poco valor que se le dio durante mucho tiempo a la formación de oficios. El sistema de educación técnica en el país es relativamente nuevo.
El Sena se creó en 1957, tomando elementos de lo que se hacía con éxito en Europa. Si bien fue un esfuerzo por organizar la educación técnica, pasaron muchos años antes de que se volviera a avanzar en esa dirección.

Cuando se formó el Sena, las escuelas privadas de oficios fueron designadas “instituciones de educación no formal”, aunque contaban con normatividad y emitían certificados.

“La categoría fue despectiva”, opina Jairo Lesmes, presidente de la Asociación Nacional de Entidades de Educación para el Trabajo y el Desarrollo Humano (Asenof), que engloba a las instituciones técnicas privadas del país. Mientras en Alemania o España los sistemas de educación técnica se profesionalizaban, en Colombia ocurría lo contrario.

Algunas universidades fueron facultadas para titular técnicos profesionales o tecnólogos, un grado que no existe en otros países. Asenof considera ese título “un engrendro”, ya que su formación no es técnica, sino académica.

Ello dejó en claro que, al menos para el Mineducación, la formación para el trabajo era inferior a la universitaria.

Los países con sistemas técnicos desarrollados saben que no es así. Se trata de estructuras complementarias.

Muchas instituciones técnicas modificaron sus estatutos para volverse universidades, pues era –es, todavía– un mejor negocio. En el 2006, Asenof impulsó la Ley 1064, que cambió la denominación de “no-formal” a “educación para el trabajo y el desarrollo humano”.

El menosprecio por la educación técnica es común en Latinoamérica. “Desde la Colonia, se importó un modelo que valoraba los títulos universitarios y despreciaba la formación de oficios”, dice Lesmes.

“En nuestra cultura, las eminencias son los pensadores, los académicos. Quienes ejercen oficios están en un nivel inferior”, subraya Natalia Ariza, viceministra de Educación Superior.

Coincide también el director de Formación Profesional Integral del Sena, Mauricio Alvarado: “Se cree que es mejor –social y económicamente– ser abogado o médico, que experto en metalmecánica automotriz”. Al decir de Alvarado, esa percepción es responsable del escaso desarrollo de la educación técnica en Colombia.

“Todos los incentivos en nuestra legislación están dirigidos a un modelo universitario. Estamos trabajando en cambiarlo”, agrega Ariza.

Las consecuencias de este sistema deficiente afectan la competitividad de Colombia, no solo de los estudiantes. Sin capital humano de calidad, las industrias nacionales no pueden competir en el mundo.

“Los empresarios dicen que nuestra educación no es la necesaria para impulsar el desarrollo económico”, afirma Ariza. Durante el boom de hidrocarburos, cuenta, “no alcanzamos a formar el personal requerido y tuvimos que traer especialistas de Venezuela y Estados Unidos. Lo ideal hubiese sido que el trabajo fuera para colombianos”.

“Nos falta competitividad. Y para ello se necesita educación técnica de primer nivel”, subraya Imelda Restrepo, de la Asociación Nacional de Empresarios de Colombia (Andi).

Pensar que el camino al éxito es la universidad ha generado que Colombia tenga más profesionales de los que su economía necesita. De acuerdo con Alvarado, por cada universitario debería haber 3 tecnólogos y 6 técnicos; hoy solo hay 4 técnicos por cada profesional.

Los técnicos se dedican a la aplicación de teorías postuladas por académicos. No son máquinas, son profesionales capaces de innovar y proponer tecnologías. Además, la formación técnica es uno de los factores de movilidad social más efectivos, opina Alvarado.

A la universidad sí le conviene el futuro próspero de la educación técnica. “Hoy no existe en Colombia un sistema universitario desarrollado. Tenemos que contar con instituciones académicas que rescaten nuestra cultura, que nos ayuden con el posconflicto, con el desarrollo científico. Para ello requerimos de un Estado con mayores recursos. Ningún sistema universitario se ha desarrollado solo, necesita subsidios. Y esos recursos los puede generar la industria, que se nutre de los egresados de la formación técnica”, añade Ariza.

Carlos Sánchez Rangel
Periodista
Con la colaboración de Camila Gómez

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