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Racionamiento y preferencia de riesgo

Confiando en que debió de muy haber buenas razones para no acoger las recomendaciones de los expertos, se creería que se falló en la comunicación. 

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abril 17 de 2016
2016-04-17 07:00 p.m.
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Imagine que contrata a un experto y este le dice que la gasolina que le queda a su carro no le va a alcanzar para llegar a la próxima estación de servicio y que se varará en la mitad del camino. Con cuidado, él ha calculado los consumos medios de su carro, las condiciones en la carretera, el tráfico reportado y el combustible de su tanque; ha analizado todo en detalle y esa es su recomendación. Usted, ante este diagnóstico, sube a su carro y emprende camino. ¿Por qué haría algo así?

Nuestro carro imaginario se parece al país. Los expertos contratados para ello afirmaron que se debía hacer un racionamiento programado, que se avecinaba una crisis energética y, por su parte, el Gobierno decidió desconocer esta advertencia y seguir adelante, ¿por qué?

La verdad no lo sé y no lo entiendo, pero le propongo, amable lector, algunas posibles respuestas.

Primera alternativa: los expertos se equivocaban y el Gobierno lo sabía. Si es así, además de no hacerles caso, había que dejarlos en evidencia, despedirlos, sancionarlos, entre otras posibilidades, no sé. Pero al menos había que informarle a la opinión pública que esta era la razón por la cual no se atendían sus recomendaciones.

Segunda alternativa: quizá no es tanto que los expertos se equivocaran, como que son muy cautos; quería curarse en salud. No sería la primera vez que pasaría algo así en el mundo; cuando se emite un juicio existen dos tipos de errores en los que se puede caer: o se acepta una falsedad o se rechaza una verdad y, según el caso, los costos de estos errores no son iguales, por lo que se prefiere uno al otro. En nuestra situación, es posible que los expertos hayan preferido advertir un posible apagón (aunque no estuvieran tan seguros de que se presentaría), que dar un parte de tranquilidad, el cual les podría haber salido muy costoso. Es perfectamente entendible: si nos previenen de un apagón y este no se da, se puede apelar a la buena suerte de unas lluvias no previstas, a la rapidez de las obras de reparación de las plantas dañadas o al buen comportamiento ciudadano. Por el contrario, si dan un parte de tranquilidad y sobreviene un apagón, ya no será ‘El Niño’ o el daño en la hidroeléctrica, ¡sino ellos!, los culpables.

Si este es el caso el Gobierno, nuevamente, podría haber explicado mejor que una reacción costosa como un racionamiento programado no se justificaba ante la excesiva cautela de los expertos, que entendía su cautela, pero que no la compartía; estaría en lo cierto.

Una tercera alternativa es que el Gobierno haya decidido apostar a que la advertencia no se iba a cumplir, pero no porque los expertos se equivocaran (primera alternativa) o porque sean cautos en extremo (segunda alternativa), sino porque, aunque les creen, decidió arriesgarse, decidió comprar la lotería confiando en que se la iba a ganar.

Cuando los expertos en decisiones se encontraron con situaciones como estas, en las que el decisor actuaba de forma contraria a lo que racionalmente se podía esperar a la luz de la mejor información disponible, desarrollaron los conceptos de neutralidad, aversión y preferencia al riesgo, para tratar de modelar este comportamiento contrario a la racionalidad.

Básicamente (y simplificando bastante) esto se puede explicar de la siguiente forma: aunque el resultado del análisis es una cifra concreta y objetiva, por ejemplo, un millón de pesos, para el adverso al riesgo ese millón vale en realidad tanto como si fueran dos y para el preferente al riesgo vale tan poco como si fueran cien mil. Si esto es así, se explica por qué el adverso se arriesga poco (¡puede perder dos millones!) y el preferente se lanza a la aventura (¡cien mil son muy poco!).

Frente a la disyuntiva de tomar por el camino con costos ciertos o por el de costos inciertos que puede terminar con menores o mayores costos, el neutral al riesgo hará lo que recomiende el análisis imparcial; el adverso tenderá a tomar el camino cierto y el preferente tenderá al incierto, porque, aunque pueda perder mucho, quizá no pierda nada, y su valoración está alterada.

¿Qué pudo llevar a un Gobierno sensato a no seguir una recomendación técnica?

Tenemos, pues, tres alternativas para explicar por qué no se siguieron las recomendaciones de los expertos: 1. Se sabía o se cría que los expertos se equivocaban; 2. Los expertos estaban actuando con adversidad al riesgo; o 3. El Gobierno actuó con preferencia al riesgo.

Hay decisiones en las que debe primar el criterio y para eso existen los gobernantes y los directivos en general. Volviendo a nuestro ejemplo del carro, pero cambiando un poco el contexto, recoger o no a una persona por el camino es una decisión en que debe primar el buen criterio. Pero hay otras decisiones que son técnicas -como cuánto durará la gasolina- en las que debe primar un buen análisis.

Como confío en que debió de haber muy buenas razones para no acoger las recomendaciones técnicas de los expertos que nos sugirieron un racionamiento programado, creo que se falló en la comunicación. Hubiera sido muy conveniente que nos hubieran explicado las razones.

Ciro Gómez Ardila, Ph.D.
Profesor de INALDE Business School

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