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ANÁLISIS

Un puesto en la mesa

El FMI solo puede ser efectivo en términos de su objetivo si las decisiones
tomadas por la junta son vistas universalmente como legítimas.

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abril 13 de 2016
2016-04-13 09:27 p.m.
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Desde este miércoles comenzaron las reuniones anuales del Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco, en las que la Junta de Gobernadores discutirá cómo ayudar en la lenta recuperación de la economía mundial tras las profundas recesiones en Europa y Estados Unidos. Ahora más que nunca, el papel del FMI en el mantenimiento de la estabilidad y el crecimiento de la economía mundial debe seguir siendo crítico. Aun así, el propio Fondo se enfrenta a desafíos que amenazan su legitimidad y efectividad, derivados de una disparidad entre la representación de sus miembros en los órganos rectores del organismo y la realidad de la economía mundial.

La estructura actual del FMI refleja el balance de poder que existía al final de la Segunda Guerra Mundial. En contraste con el sistema de ‘un voto por país’ de la ONU, el sistema de cuotas del Fondo hace que los países económicamente controlen una mayor proporción del poder decisorio. Hasta la fecha, las cuotas le dan el 58 por ciento del voto a las economías europeas más avanzadas y el 42 por ciento a los países de mercados emergentes y en desarrollo. Sin embargo, el crecimiento real de las economías emergentes en las últimas seis décadas ha dado lugar a un escenario económico bastante diferente: las economías avanzadas representan tan solo el 43 por ciento del PIB mundial, y el 57 por ciento restante lo aportan los países en vía de desarrollo.

Esta inversión virtual de representación frustra a los líderes de estos países. En particular, las economías avanzadas tienen el poder para elegir al director gerente, cargo que ocupa actualmente Christine Lagarde. Desde el comienzo del FMI, EE. UU. y Europa han mantenido un pacto tácito según el cual el cargo más importante del FMI lo ocupa un europeo, y el puesto equivalente en el Banco Mundial lo, un estadounidense. Si los países emergentes y en desarrollo lograran el control mayoritario, ese acuerdo informal llegaría a su fin.

Aleksei Mozhin, actual representante de Rusia ante el FMI y miembro más antiguo de la junta, me dijo que alguien notó por primera vez que las cuotas estaban desfasadas durante una revisión en el 2001, cuando se identificó que la cuota de Luxemburgo era mayor que la de India. Quizás más sorprendente, la cuota de Singapur era igual a la suma de las de Rusia, India, y Brasil. Estas cifras sesgadas resaltaron el profundo problema estructural de la formula de cuotas del FMI.

Aun así, este hecho solo ha dado a una reforma parcial. En 2008, el FMI simplificó el proceso de cálculo de cuotas y lo volvió más transparente, pero omitió abordad muchos problemas de representación. Tras la más reciente revisión de cuotas en 2010, la UE sigue teniendo un peso del 30,4 por ciento; EE. UU., 17,4 por ciento, y China, (cuya economía es más o menos del mismo tamaño de la europea) solo el 6,4 por ciento.

Para complicar las cosas aún más, la reforma se empantanó en el Congreso estadounidense, debido a que los republicanos de la Cámara usaron la resolución como herramienta de negociación en la disputa sobre Obamacare. A causa del gran poder de EE. UU. sobre el FMI, el nuevo sistema solo se pudo implementar cuando el Congreso aprobó los cambios. Finalmente, ante la constante presión del Departamento del Tesoro, el Partido Republicano accedió y ratificó la medida en diciembre del 2015.

Como lo explicó en un correo electrónico Rakesh Mohan, exrepresentante de la India, “la demora experimentada en el caso de la reforma de 2010 fue la más larga en la historia del Fondo. Durante periodos de rápido crecimiento de la economía mundial, esas demoras exacerban la frustración de los países subrepresentados y prolongan la influencia excesiva de los sobrerrepresentados”. Para muchos países de mercados emergentes y en desarrollo, la conclusión de Mohan es cierta.

¿Qué logró, entonces, la revisión del 2010? La resolución redistribuyó las cuotas para darle más poder a los países en vía de desarrollo, pero no lo suficiente para una representación realística. También obligó a Europa a ceder un cargo de director ejecutivo a los países emergentes. Por último, las reformas agregaron la moneda nacional china, el yuan, a la canasta de monedas mundiales representativas (el SDR), que antes solo incluía el dólar estadounidense, el euro, la libra esterlina, y el yen japonés.

Si bien la Junta de Gobernadores aprobó la inclusión del yuan por unanimidad, la respuesta pública ha sido variada. Mohan, por ejemplo, llama la decisión un “buen paso hacia el reconocimiento del tamaño creciente de la economía china”. Mozhin, por su parte, saca una conclusión diferente: lo que el Fondo le dio a China es muy poco. Es un asunto de prestigio, pero en la práctica, no es mucho. Lo que los chinos dieron a cambio es mucho: asumieron compromisos serios sobre liberalización de sus mercados. En este sentido, la comunidad internacional y el FMI ganamos más de lo que concedimos”.

En últimas, los países emergentes y en desarrollo han aplaudido las reformas, pero las ven solo como un comienzo. Mozhin explica, “el Fondo solo puede ser efectivo en terminos de su objetivo si las decisiones tomadas por la junta son vistas universalmente como legítimas. Estas son las dos caracteristicas importantes, legítimidad y efectividad, y van mano a mano”. Las futuras reformas deben incluir todo, desde una redistribución precisa de las cuotas y la reorganización de circunscripciones, hasta la diversificación de la nacionalidad de las personas en la cúpola del FMI.

Sin estas políticas, el FMI indudablemente perderá su relevancia en el escenario mundial.

Nicolás Jiménez
Estudiante de Relaciones Internacionales, U. de Yale

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