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De resistencia civil y otros mitos del uribismo

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junio 09 de 2016
2016-06-09 08:24 a.m.
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Cuesta entender la reciente campaña del uribismo llamando a la población a ejercer la “resistencia civil” ante la “entrega del país” a las Farc. Los dos términos entre comillas son confusos y no asimilados por el Centro Democrático y sus líderes. Si la entrega del país a las Farc ya ha sido negada una y otra vez por académicos y profesionales de un lado y otro del espectro político, es el momento de explicarle a Don Álvaro Uribe qué significan las palabras “resistencia civil”. Porque parece que no lo sabe.

El concepto de resistencia civil está asociado a dos ideas importantes: injusticia social, no violencia y coste (o riesgo). Es la acción dirigida a trastornar e interrumpir la vida política y social de un Estado con un objetivo claro: que cambie en un sentido concreto. Para ello es vital hacer lo posible para que ese Estado sienta que su quehacer diario se vea completamente alterado.

Pongamos varios ejemplos: movimiento por los derechos civiles de los afroamericanos, en los años 60, movimiento por la independencia de la India, en los años 40, o las ocupaciones y piqueteros en Argentina, en los 90. El uribismo olvida que los protagonistas de estos fenómenos son colectivos sociales objetivo de exclusión social, o bajo procesos de injusticia que les expulsa del proceso político. Esa es la primera gran diferencia. Álvaro Uribe defiende los derechos particulares de una élite privilegiada para evitar el acceso a la vida civil de las Farc. El proceso de injusticia social asociado a la resistencia civil no aparece aquí, porque el fin es un bien particular, no un bien universal.

La segunda gran diferencia es el carácter no violento. Henry David Thoreau teorizó en 1848 que, cuando el proceso de elección del sistema político impida el cambio, existe una alternativa que el denominaba ‘desobediencia civil’. Un proceso pacífico donde las personas no colaboraban con el Estado provocando una respuesta. En cambio, la alternativa es seguir con un conflicto que ha dividido el país. Las marchas dirigidas por el uribismo utilizan una retórica agresiva y de polarización cuando la resistencia civil fomenta en ser inclusivo.

Por último, la mayor diferencia es el concepto de coste de la resistencia civil. Toda acción colectiva conlleva un precio asociado que el Centro Democrático no está dispuesto a pagar, como pérdida de poder político o económico, riesgo a la integridad física y emocional. Las marchas de los años 60 fueron reprimidas de manera violenta y los procesos de desobediencia civil se pagan negándose a aceptar servicios públicos. Por cierto, decirle al señor Uribe que el no ir a trabajar al Congreso o al Senado se llama huelga, un invento marxista que tenía como fin último alterar el proceso productivo del capital en dos partes: producción y consumo en forma de salario. Para que me entiendan, que no se cobra durante el proceso. Los sectores que defienden esta ‘resistencia civil’ diluida no están dispuestos a pagar absolutamente ningún costo asociado. Al menos no sus dirigentes, pero sí las masas sociales que les siguen. Martin Luther King se enfrentó a los gases de las fuerzas del orden. Gandhi recibió palizas de las fuerzas coloniales británicas. Las huelgas de hambre tienen como posible coste la muerte. No veo a ningún líder del Centro Democrático dispuesto a sufrir algún tipo de daño asociado a sus protestas.

Señor Uribe, ni usted ni el colectivo al que representa tienen las características necesarias para liderar un proceso de resistencia civil. No viven bajo un estado de injusticia, no son pacíficos y quieren todo a cambio de nada. No se suba a la larga tradición de grandes protestas sociales en la historia por un beneficio personal. Pero hagamos un ejercicio de imaginación y pensemos que quizás pueda hacerlo.

¿Quiere merecer el término de desobediencia civil que tanto esfuerzo ha costado crear? ¿Realmente se quiere hacer resistencia civil a unos posibles acuerdos? Paralice el Estado. Que el Centro Democrático, con sus líderes a la cabeza, sitie el Palacio de Nariño. Que los congresistas y senadores del uribismo voten no a todas y cada una de las iniciativas parlamentarias, sean las que sean. Que rompan la vida política del país de manera pacífica. El resto no será más que una elaborada obra de teatro con el solo objetivo de perpetuar relaciones privilegiadas de poder.

Egoitz Gago Antón
Redintercol

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