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Bancos centrales como ‘casas de empeño’ de última instancia

Lord King ofrece una innovadora alternativa a la alquimia de la banca.

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junio 03 de 2016
2016-06-03 08:37 p.m.
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¿Habrá otra enorme crisis financiera? Tal y como dijo Hamlet de la caída de un gorrión: “Si es ahora, no ha de ser después; si no es después, ha de ser ahora; si no es ahora, alguna vez será: lo que cumple es estar apercibido”. Lo mismo sucede con los bancos. Están diseñados para caer. Así es que, con certeza, caerán.

Un libro de reciente publicación explora no solo esta realidad, sino también una radical y original solución. Lo que hace que la atención a esta sugerencia sea aún más justificada es que su autor solía estar en el corazón mismo del grupo de poder monetario, antes y durante la crisis. Se trata de Lord Mervyn King, ex- gobernador del Banco de Inglaterra (BoE, por sus siglas en inglés). Su libro se titula The End of Alchemy (El fin de la alquimia).

El título es apropiado: la alquimia se encuentra en el corazón del sistema financiero;
además, la banca fue, al igual que la alquimia, una idea medieval, pero una que no hemos descartado hasta ahora. Y, según argumenta Lord King, actualmente debemos
hacerlo.

Como observa Lord King, la alquimia es “la creencia de que el dinero guardado en los bancos se puede sacar cada vez que los depositantes lo pidan”. Este es un truco de confianza en dos sentidos: funciona si, y solo si, la confianza es fuerte; y es fraudulento.

Las instituciones financieras hacen promesas que, en posibles condiciones del mundo, probablemente no pueden cumplir.

Durante las épocas prósperas, este negocio es lucrativo. Durante las épocas difíciles, las autoridades tienen que acudir al rescate. No es de extrañar, entonces, que las instituciones financieras se hayan vuelto tan grandes y que paguen tan bien.

Consideremos cualquier banco grande. Tendrá una amplia gama de riesgosos activos a largo plazo en sus libros, con hipotecas y préstamos corporativos ocupando un lugar prominente entre ellos.

El banco los financiará con depósitos, y con préstamos a corto y a más largo plazo. Quizá el 5 por ciento será financiado por capital.

Sin la ayuda del banco central

¿Qué pasa si los prestamistas deciden que es probable que los bancos sean insolventes? Si son depositantes o prestamistas a corto plazo, pueden exigir que se les devuelva su dinero inmediatamente. Sin la ayuda del banco central - la única institución capaz de
crear dinero ilimitadamente- los bancos no podrán satisfacer esa exigencia.

Debido a que un colapso generalizado sería económicamente devastador, el apoyo necesario es inminente. Esta realidad ha creado la situación en la que los gobiernos tratan de hacer más seguras las finanzas y las finanzas se aprovechan del apoyo para volverse más arriesgadas.

En términos generales, están disponibles dos soluciones radicales.

Una de ellas es obligar a los bancos a que se financien a sí mismos con mucho más capital. La otra es hacer que los bancos correlacionen los pasivos líquidos con activos líquidos y seguros.

Los requisitos de reserva de un 100 por ciento incluidos en el “plan de Chicago”, propuesto durante la Gran Depresión, representan una estrategia de este tipo. Si los pasivos líquidos y seguros financian los activos líquidos y seguros -y los pasivos no líquidos de cobertura de riesgos financian los activos no líquidos e inseguros- la alquimia desaparece. Las finanzas serían seguras. Por desgracia, el final de la alquimia también acabaría con una gran parte de la toma de riesgos en el sistema.

Lord King ofrece una innovadora alternativa. Los bancos centrales continuarían actuando como prestamistas de última instancia. Pero ya no estarían obligados a prestar contra prácticamente cualquier activo, debido a que esa posibilidad misma debe crear un riesgo moral.

En su lugar, ellos acordarían con antelación los términos bajo los que se harían préstamos contra activos durante una crisis, incluyendo los recortes pertinentes.

La magnitud de estos recortes sería un “impuesto sobre la alquimia”. Los niveles del impuesto se fijarían a niveles rigurosos, y no podrían alterarse durante una crisis. El banco central se habría convertido en “una ‘casa de empeño’ para cualquier ocasión”.

Activos líquidos

El valor de los activos líquidos se sabría entonces. Ellos consistirían en reservas en el banco central, más el valor colateral acordado de cualquier otro activo. A la larga, argumenta Lord King, los activos líquidos, así definidos, deberían coincidir con los pasivos líquidos de una institución, definidos como préstamos con un vencimiento de un año o de menos.

Esta estrategia tiene numerosas ventajas. En primer lugar, reconoce que sólo el banco central puede crear la liquidez necesaria durante una crisis.

En segundo lugar, ofrece una ruta hacia un mundo carente de alquimia.

En tercer lugar, ofrece una opción entre el statu quo y el extremo de una banca con un 100 por ciento de reserva.

En cuarto lugar, elimina el riesgo moral, ya que la penalidad de obtener liquidez se definiría de antemano.

En quinto lugar, aprovecha las circunstancias actuales, incluyendo las reservas creadas por la flexibilización cuantitativa y la infraestructura creada por los bancos centrales para evaluar y gestionar la garantía.

En sexto lugar, la regulación pudiera entonces reducirse a sólo dos reglas: un ratio de apalancamiento máximo más elevado (de no más de 10 a uno) y la regla de que el valor pignorable de los activos en el banco central debe superar el valor de los pasivos líquidos.

Durante la primavera de 2015, el valor de la garantía de los bancos del Reino Unido en el BoE era de 314.000 millones de libras esterlinas y el de reservas del banco era de 317.000 millones de libras esterlinas. Esto equivale a un total de activos líquidos de 631.000 millones de libras esterlinas. Esto es en comparación con depósitos de 1.82 billones de libras esterlinas. Con el tiempo, esta enorme brecha pudiera eliminarse. El BoE debería hacer que sus reservas existentes fueran permanentes.

Pudiera aumentar las reservas mediante más aumentos permanentes en la base monetaria. Por último, pudiera acordar el valor pignorable de activos adicionales.

Este es un conjunto de propuestas radicales e interesantes. Si la regla propuesta estuviera vigente, las únicas personas con un interés en “huir” de un banco serían los prestamistas de largo plazo y los accionistas. Pero si los precios de las acciones cayeran drásticamente y los préstamos a largo plazo escasearan, la gerencia estaría bajo el tipo correcto de presión. También daría tiempo para resolver la situación financiera de las instituciones en dificultades. Si el capital fuera insuficiente, estas pérdidas recaerían sobre los acreedores a largo plazo en un orden predefinido.

Esta estrategia tiene inconvenientes. Los valores pignorables tendrían que variar con las condiciones económicas, lo cual pudiera crear un grado de estrés.

Pero es un valeroso intento de disciplinar a un sistema financiero que hace promesas que no puede cumplir. Como mínimo, el costo de hacer tales promesas se volvería predecible y transparente. La alquimia sería menos lucrativa; los bancos estarían mejor capitalizados; y las movidas de los acreedores a corto plazo deberían cesar. Estas ideas merecen ser consideradas con una mentalidad abierta.

Martin Wolf
Columnista del Financial Times.

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