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Salto triple fiscal

Si el país quiere salir triunfante en un retador posconflicto, debe aprovechar este
histórico cuarto de hora para dar salto en su competitividad.

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noviembre 20 de 2016
2016-11-20 04:30 p.m.
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Caterine Ibargüen, con sus medallas de Plata y Oro en Londres 2012 y Río 2016, se ha consagrado como la mejor atleta de la historia colombiana. Su testimonio de enorme tenacidad, superando grandes retos, es un ejemplo para todos. En Londres, una dolorosa lesión en una pierna amenazó seriamente sus posibilidades. Muy segura de sí misma, se colocó una ‘muslera’ que logró mitigar el intenso dolor, y obtuvo su presea de plata ante la admiración de sus rivales, iniciando el camino del oro olímpico brillantemente ganado en Río.

Este salto triple hacia la gloria de una carismática afrocolombiana, nos sirve de analogía sobre el reto estratégico que afronta Colombia para competir por la atracción de inversión extranjera y el crecimiento económico. Como ha señalado Stephen Mattews -economista de la Ocde-, la liberalización global del comercio y de los mercados de capitales han incrementado de forma masiva los flujos de inversión extranjera directa y de inversiones de portafolio. El costo de los impuestos es un factor influyente para atraer estos flujos, así como para incentivar o desincentivar la iniciativa empresarial, al punto que “los países podrán sentir que están compitiendo no solo por inversiones, también por utilidades gravables”.

A esta fuerte tendencia global se le agrega el hecho relevante de que los grandes países exportadores de capital no aplican un sistema de gravar con impuesto de renta las utilidades generadas en el país de destino de su inversión. Hoy, casi todas las potencias del primer mundo exoneran las utilidades generadas fuera de sus fronteras (el denominado ‘método de la exención’), y lo hacen para evitar cargar con altos impuestos locales la actividad de sus empresas en terceros Estados, perdiendo así la ventaja de tarifas menores o incentivos fiscales ofrecidos por las naciones anfitrionas. En el caso especial de Estados Unidos, se congela o difiere el golpe de su alto impuesto de renta corporativo (35 por ciento) hasta que, efectivamente, sean repatriadas las utilidades a suelo estadounidense, lo que ha promovido, según el experto en tributación internacional Reuven Avi-Yonah, que sus multinacionales tengan ‘atrapadas’ fuera de sus fronteras una cifra estimada en 2 millones de millones de dólares.

En agudo contraste a esta marcada desgravación de las rentas extraterritoriales, Colombia acata el catecismo ortodoxo de gravar las rentas empresariales fuera de sus fronteras, por lo que si una multilatina colombiana tiene una sucursal en otro país, con una zona franca del 0 por ciento, las utilidades correspondientes pagarán, en el 2016, el 40 por ciento de tarifas combinadas renta-Cree, afectando su posición competitiva.

En términos de facilitar la expansión internacional de las compañías colombianas, es como si Caterine hubiese usado pesas de 50 kilos en sus tobillos que no le permitirían sobrevivir la primera ronda.

En este contexto, el Gobierno propone eliminar el Cree y volver a un solo impuesto de renta, con una tarifa del 32 por ciento hasta el 2019, lo que representa un elocuente reconocimiento de que la carga actual y futura es anticompetitiva. Pero, en mi opinión, el remedio resulta insuficiente ante las evidentes tendencias internacionales de reducción de tarifas sobre rentas empresariales. Consideremos las tasas de países exportadores de capital a Latinoamérica como China (25 por ciento), España (25) y Gran Bretaña (20), este último ya especulando -luego del 'Brexit'- sobre la opción de bajarse al 15 por ciento. Vecinos como Chile (24 por ciento), Perú (28) y Ecuador (22) entraron a la dimensión de tarifas inferiores al 30 por ciento. No es lo mismo reducir el evidente sesgo anticompetitivo actual que apostar asertivamente a una tarifa atractiva, que razonablemente no debería ser superior al 25 por ciento.

Nótese, que en el 2019 se toleraría incluso la combinación de una tarifa de renta del 32 por ciento, que, combinada con una nueva y controvertible carga al dividendo del 10 por ciento, generaría una pesada tasa efectiva de tributación sobre el dividendo distribuido de 38,8 por ciento.

Lógicamente, pasar del 40 por ciento de hoy, al 25 por ciento en el 2017, no sería realista por las necesidades recaudatorias. El reto es diseñar un aterrizaje gradual durante varios periodos fiscales, sincronizado prudentemente con los ajustes potenciales en la cobertura de la tributación de personas naturales y del IVA, y de metas alcanzables, pero ambiciosas en la reducción de las brechas de evasión. El proyecto apuesta bastante más al recaudo cómodo sobre quienes ya pagan hoy, que a cerrar eficientemente brechas de cobertura e incumplimiento.

Cuenta la campeona mundial que su secreto de motivación antes de competir es oír un vallenato de Silvestre Dangond llamado Mi historia, que reza: “ay cada quien tiene en la vida su cuarto de hora / que lo motiva, que lo entusiasma a ser triunfante”. Si Colombia quiere salir triunfante en un retador posconflicto, debe aprovechar este histórico cuarto de hora para hacer un gran salto cualitativo –y ciertamente triple– en su competitividad tributaria.

Eric Thompson
Socio de Región Andina, KPMG.

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