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Donald Trump se enfrenta a la realidad del comercio mundial

El presidente electo de Estados Unidos debe decidir qué hacer con China.

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noviembre 25 de 2016
2016-11-25 07:19 p.m.
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¿Pudiera China rescatar la globalización del comercio de su rechazo por parte de EE. UU. bajo el presidente Donald Trump? ¿Sería posible que la amenaza del liderazgo chino o la presión de los negocios estadounidenses persuadieran Trump para que reconsiderara los acuerdos comerciales, incluso al Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP, por sus siglas en inglés) del presidente Barack Obama?

La respuesta a la primera pregunta es: solo hasta cierto punto. Aunque China quisiera no podría reemplazar a un EE. UU. comprometido y abierto, pero podría ayudar. En cuanto a las intenciones de Trump, ¿son fijas o negociables?

Apertura al comercio

El presidente Xi Jinping prometió este fin de semana un nuevo y valiente orden, dirigido por Beijing, caracterizado por la apertura al comercio y a la inversión.

El TPP de Obama fue diseñado para excluir a China. Ahora Trump ha anunciado que EE. UU. se retirará del acuerdo cuando él asuma el cargo.

Esto le deja el camino abierto a China para seguir adelante con su alternativa: la Asociación Económica Regional Integral (RCEP, por sus siglas en inglés). Siete de los 12 presuntos miembros del TPP son miembros potenciales de la RCEP. Xi también les ofrece a los países latinoamericanos acceso a la iniciativa ‘Un cinturón, una ruta’ de China.

Sin embargo, existen límites de hasta qué punto China pudiera reemplazar a EE. UU., y menos aún a Occidente, en el comercio mundial. Si observamos las proporciones del producto interno bruto (PIB) mundial a precios de mercado, una medida aproximada del poder adquisitivo real, la participación de China aumentó del 4 por ciento en el 2000 al 15 por ciento en el 2016.

La participación de Asia (incluido Japón) es del 31 por ciento. Mientras tanto, EE. UU. y la Unión Europea (UE) conjuntamente representan el 47 por ciento del PIB mundial. Del mismo modo, a pesar de un crecimiento rápido, la porción de China en las importaciones mundiales fue solo del 12 por ciento durante el 2015, mientras que la de Asia fue del 36 por ciento. EE. UU. y la UE (excluyendo el comercio dentro de la UE) todavía representaron el 31 por ciento de las importaciones mundiales.

Además, esto subestima el papel de las economías de altos ingresos en el comercio mundial en dos aspectos significativos. En primer lugar, gran parte de la demanda final del mundo todavía proviene de estas economías: a precios de mercado, el consumo chino fue aproximadamente una cuarta parte del consumo de EE. UU. y de la UE combinados en el 2015. En segundo lugar, y mucho más importante, el conocimiento que impulsa gran parte del comercio contemporáneo proviene de empresas en economías de altos ingresos.

Profundidad comparable

Las empresas chinas todavía no poseen una profundidad comparable de conocimientos y capacidades que puedan ofrecer.

En su libro The Great Convergence (La gran convergencia), Richard Baldwin, de la Escuela de Posgrado de Ginebra, clarifica la naturaleza del comercio durante la actual era, la “segunda globalización” desde la Revolución Industrial.

Su punto central es que el comercio siempre está limitado por los costos de la distancia, siendo los costos relevantes los de transporte, comunicación y contacto en persona.
Durante la primera globalización, a finales del siglo XIX, la caída de los costos de transporte de bienes impulsó el rápido crecimiento del comercio mundial. Esto permitió crear un intercambio global de manufacturas, en contraste con los recursos naturales y los productos agrícolas, principalmente de las Américas y de Australasia.

En esa época, sin embargo, era imposible separar el proceso de fabricación. Para competir dentro del campo industrial, un país tenía que dominar todas las habilidades necesarias.

Como resultado, la fabricación, y con ella los beneficios de las economías de escala y el aprendizaje por medio de la práctica, se concentraron en las economías de altos ingresos.

Además, los trabajadores modestamente calificados en estos países compartieron gran parte de estas ganancias y lograron, como resultado, ingresos e influencia política sin precedentes.

Esto ocurrió porque tenían acceso privilegiado a los frutos del conocimiento desarrollado dentro de sus economías.

‘Círculo encantado’

Hasta hace aproximadamente un cuarto de siglo, la única forma de entrar en este ‘círculo encantado’ era desarrollar industrias competitivas propias.

Esto era difícil: pocos países lo lograron. Pero, durante la segunda globalización, los costos de la comunicación cayeron en tal medida que se posibilitó desmantelar (o fragmentar) el proceso productivo, ocasionando que la producción de componentes y el montaje final estuvieran dispersos por todo el mundo, bajo el control de fabricantes o compradores con el conocimiento relevante.

Tal y como lo indica Baldwin, los trabajadores de Carolina del Sur “no están compitiendo con la mano de obra mexicana, con el capital mexicano y con la tecnología mexicana, como lo hicieron en los años setenta. Están compitiendo con una combinación casi invencible de conocimientos estadounidenses y salarios mexicanos”.

El capitalismo nacional se volvió global. Esto también se aplicó a ciertas actividades de servicio. La mayoría de las economías en desarrollo no aprovecharon estas oportunidades. Pero algunas lo hicieron, particularmente China.

Nueva dinámica

El comercio de manufacturas de materias primas también continúa, especialmente entre China y sus proveedores. Pero es la nueva dinámica comercial la que impulsó el proteccionismo que llevó a Trump al poder.

La lucha política es ahora sobre quién se beneficia de los conocimientos y capacidades desarrollados por las empresas de los países de altos ingresos.

Esa lucha plantea una importante cuestión normativa: ¿quién debería ganar? También plantea una positiva: ¿quién ganará? ¿Favorecerá Trump a los trabajadores estadounidenses en vez de a los propietarios y administradores de compañías estadounidenses?

¿O se limitará a fingir que favorece a los trabajadores, ofreciendo gestos simbólicos rechazando el TPP, renegociando el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) o amenazando a China con imponerle aranceles mientras que deja la mayor parte del comercio mundial tal y como está?

¿Es posible que concluyera que, de hecho, darle a China la oportunidad de organizar el comercio mundial va en contra de los intereses de EE. UU.? ¿No temería que, limitando el papel de EE. UU. en la desagregación global de la producción, las empresas de su país se encontrarían en una posición desventajosa y que trasladarían aún más actividades a regiones más hospitalarias?

A Asia en su totalidad, y mucho menos a China, no les es posible mantener el dinamismo del comercio mundial por sí solas. El Occidente es demasiado importante, no menos para China.

Afortunadamente, las fuerzas a favor del comercio mundial siguen siendo poderosas. Incluso Trump pudiera carecer de la capacidad o de la voluntad para frustrarlas por completo.

Martin Wolf
Columnista del Financial Times.

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